Soluciones profesionales

Mi  buen  amigo  Miguel  Angel,  tiene  la  virtud de revolver las ideas del que lee sus eruditos artículos, al menos las mías, que también soy partidario de leer a Ortega y Gasset, pero no como si fuera el Evangelio, si no como lo que el autor pretendió que fuera, ensayos sobre el pensamiento humano en relación con los acontecimientos de su tiempo, que efectivamente fueron harto complicados en toda Europa y especialmente en España. La Rebelión de la Masas es, efectivamente, un texto muy acertado para conocer el movimiento social del siglo XIX, para reconocer las graves consecuencias que trajo a los trabajadores la llamada “revolución industrial” y la falta de visión de los gobernantes de la época, que lo único que resolvieron para estabilizar los conflictos, fue la desestabilización total, mediante las guerras entre las grandes ideologías del momento.

Siguiendo  con Ortega, quizás se pregunte el lector, por qué me agrada tanto leerle, si no me ha de servir para guía de las ideas personales; pues francamente para eso mismo , para saber por donde no debe discurrir la humanidad. El panorama que Ortega describe del siglo XIX, con el progreso industrial y el daño efectivo que aquellas circunstancias produjeron en el mundo del trabajo, al posibilitar una superproducción con el “maquinismo”; que trajo una reducción de puestos de trabajo creando guetos de miseria en donde había laboriosidad y buen vivir, en un régimen laboral anticuado pero amable como era el artesanal, llevó a un siglo XX en perpetua innovación y progreso técnico, con importantes beneficios que los empresarios de la época no quisieron compartir con las fuerzas del trabajo. Estas fueron las semillas de las guerras del final del siglo XIX y de las cinco décadas primeras del siguiente.

No podemos  negar  que  de  aquellas  miserias,  se llegó a la gran riqueza de las siguientes cinco décadas que todos hemos podido ver y algunos hasta disfrutar, pero no nos engañemos creyendo que los gobernantes, en aquel lapso de tiempo, tuvieron algo que ver con los resultados macroeconómicos que nosotros llegamos a conocer, quizás tuvieran mucho más que ver con el resultado en gran crisis que hoy tenemos, la aplicación del neoliberalismo sin cortapisas ni controles que incitó a los seudo financieros a pensar que todo era lícito para enriquecerse, bajo la benévola mirada de los gobernantes.

Como  de  los  errores  se aprende, hay que esperar que los gobernantes de nuestro mundo sepan encontrar caminos diferentes al liberalismo que nos ha llevado a la situación indeseada que estamos viviendo. Y con ello no quiero decir que las circunstancias sean iguales que las que describe Ortega, son mucho peores, porque ahora no se refieren a conflictos regionales, si no que gracias a la globalización, está implicado casi todo el mundo, pero con un peso extraordinario los llamados países emergentes, que en suma son más de la mitad del planeta, tanto en población como en extensión.

Abramos una rendija a la esperanza y mejoremos nuestra productividad. Los riesgos hoy no son de guerra, tenemos demasiado miedo a la destrucción total, cuando el verdadero riesgo está en no conseguir el nivel de productividad industrial y la capacidad para la investigación que nos lleve al desarrollo competitivo con el resto del mundo.

Vemos   cómo   los  empresarios,  por  boca  de  su presidente en tono angustioso, tratan de conseguir ventajas en la rebaja de impuestos en la reducción de la cuota empresarial a la Seguridad Social, en la indemnización por despido improcedente y aunque ahora ya no lo dicen con carácter intemporal, lo proponen para los nuevos contratos.

Seguramente que ellos, los empresarios, creen que eso es lo que necesitan para competir con los emergentes y se equivocan, se equivocan de medio a medio. La fórmula es, y siempre ha sido modernizar el equipo productivo, modernizar los sistemas de trabajo, preparar a los trabajadores para asumir cada día mayores responsabilidades, que ellos se sientan empresa y lo suficientemente importantes para defender los intereses de la empresa, sobre todo en el nivel de calidad que deben imprimir a su trabajo, del que deben sentirse orgullosos. “Ni una sola pieza me ha sido rechazada esta semana” Este estado de ánimo no puede conseguirse haciendo lo que están demandando los empresarios. Quizá deberían dirigirse a sus financieros para que capitalizaran mejor sus empresas, de forma que pudieran mejorar equipos y salarios y si en caso de crisis hubieran de rendir menos beneficios, expliquen por qué, a sus accionistas, sin miedo y sin ocultaciones de venta de activos poco conocidos, como están haciendo algunos.

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