Amarillismo

Alcanzados a este punto, es necesario efectuar una clara distinción entre el periodismo y el “amarillismo no periodístico”. El primero, se sumerge en lo más crudo de la realidad para mostrarla en toda su certeza y para que los grandes trucajes desde los diversos poderes no queden escondidos, pero respeta el dato y el tono. El segundo, por el contrario, convierte lo anterior en una narración agresiva, exagerada y tensionada, donde se juega con las reacciones más arcaicas del lector y se olvida cualquier parámetro ético que controle el texto, aunque la verdad salga maltrecha y el consumidor resulte conducido a conclusiones parciales o equivocadas de la noticia en sí misma considerada.

En alguna prensa digital de este pueblo, me estoy refiriendo a Valdemorillo, el que hace de periodista, por llamarlo de alguna forma, plantea un argumento con tonalidad amarilla y posteriormente se dedica a contestarse así mismo, con distintos “alias”,  manipulando y filtrando aquello que no conviene a sus intereses. El falso replicador multiforme es tan simple que comete de manera sistemática los mismos errores gramaticales y utiliza el final de una frase para iniciar otra de replica con su “alias” correspondiente. O alias o falso personaje pero siempre el mismo, se nota en la forma, el fondo y en el contenido.

Es lo más parecido a una actividad cómica circense con patrocinadores. Un fraude, un menosprecio al lector por atentar, con mal gusto, a la inteligencia popular. Sí, Nuestro hombre multiforme y multipersonal, adopta diferentes caras según sea el guión y se cuida mucho en no atacar frontalmente al poder pero sí a los concejales socialistas que no deben ser santo de su devoción política.

El amarillismo se sustenta en nuestra capacidad de hacer mitología. Es más asimilable un cuento que responda a una estría mítica que uno que viola toda representación estructurada porque luce como un galimatías. Por eso el hundimiento del Titanic es más comprensible que tantos naufragios en donde no gozamos el espectáculo de una burguesía agonizante, un barco insumergible, unos músicos alegrando la catástrofe, un capitán que se entrega a la muerte, etc. La realidad es demasiado enmarañada como para absorberla tal como viene, sin mediación mitológica.

Con el término amarillo se refleja todas aquellas formas de presentar la información que no se ajustan de forma seria, contrastada y veraz a los hechos y a la realidad sin distorsionarla. Es fácil detectar fisuras en la presentación de la pesquisa, es decir, todo lo que no se ciñe a lo estrictamente informativo, que abuse de la ingenuidad, la ignorancia o desconocimiento de un tema por parte del lector. O bien, y lo que es más grave, subestime su capacidad o su inteligencia.

Es necesario superar la noción simplista de sensacionalismo como manifestación del mal gusto en los medios masivos o como función narcotizante. El sensacionalismo, o falsa realidad como en el caso, es parte de una estética inquietante, insubordinada a lo serio, en abierta disputa por los nuevos espacios semióticos de la industria cultural.

Está claro que el amarillismo o sensacionalismo está presente, en mayor o menor medida, en todos los medios informáticos y aumenta día a día, de forma preocupante, ante el temor de que la competencia se haga con grupos de lectores que antes no comulgaban con su línea editorial. El grado de superficialidad dependerá de la pretendida seriedad que quiera transmitir el periódico digital, pero incluso medios con una contrastada trayectoria de credibilidad están incurriendo en el error de introducirse al sensacionalismo.

Sean felices.

jgm

 

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