Hay hombres que parecen tener solo una idea

La prensa seria no se aventura a condenar abiertamente las prácticas repelentes e inmorales del periodismo de alcantarilla porque teme que cualquier iniciativa que se tome para frenarlas vaya en deterioro del derecho de crítica. La libertad de expresión y el derecho de crítica, sirva de coartada y garantiza la inmunidad para el libelo, la violación de la privacidad, la calumnia, el falso testimonio, la insidia y demás especialidades del amarillismo periodístico en la Red. Aconsejo a los propietarios de estas paginas lean el libro que con este nombre publica  Juan Luís Cebrían

En la España  democrática existen jueces, tribunales y leyes que amparan los derechos civiles a los que las víctimas de estos desaguisados pueden acudir. Eso es cierto en teoría, sí. En la práctica, es raro que un particular ose enfrentarse a esas publicaciones, algunas de las cuales cuentan con influencias políticas, y que lo desanime a entablar acciones judiciales por costosas que resultan e interminables que son. Por otra parte, los jueces se sienten inhibidos de sancionar ese tipo de delitos porque temen crear precedentes que sirvan para recortar las libertades públicas y la libertad informativa. En verdad, el problema no se confina en el ámbito jurídico. Se trata de un problema cultural. La cultura de nuestro tiempo propicia y ampara todo lo que entretiene y divierte, en todos los dominios de la vida social, y por eso, las campañas políticas y electorales son cada vez menos un cotejo de ideas y programas, y cada vez más eventos publicitarios, espectáculos en los que, en vez de persuadir, los candidatos y los partidos tratan de seducir y excitar, apelando, como los periodistas amarillos, a las bajas pasiones o los instintos más primitivos, a las pulsiones irracionales del ciudadano antes que a su inteligencia y su razón. Se ha visto esto en las recientes elecciones, donde han abundado los insultos y las descalificaciones escabrosas.

La civilización del espectáculo tiene sus lados positivos, desde luego. Es bueno promover el humor, la diversión, pues sin humor, goce, hedonismo y juego, la vida sería aburrida. Pero si ella se reduce cada vez más a ser sólo eso, triunfan la frivolidad, y formas crecientes de idiotez y chabacanería por doquier. En eso estamos, o por lo menos están en ello sectores muy amplios de la sociedad que gracias a la cultura de la libertad han alcanzado los más altos niveles de vida, de educación, de seguridad y de ocio del planeta.

Algo falla, pues, valdría la pena reaccionar, antes de que sea demasiado tarde. La civilización del espectáculo en que estamos inmersos acarrea una absoluta confusión de valores. Los iconos o modelos sociales lo son, ahora, básicamente, por razones mediáticas, la apariencia ha reemplazado a la sustancia en la apreciación pública. No son las ideas, la conducta, las hazañas intelectuales y científicas, sociales o culturales, las que hacen que un individuo descuelle y gane el respeto y la admiración de sus contemporáneos y se convierta en un modelo para los jóvenes. Es verdad que siempre existió, en el pasado, un periodismo excremental, que explotaba la calumnia y la impudicia en todas sus manifestaciones, pero solía estar al margen, en una semiclandestinidad donde lo mantenían los valores y la cultura imperantes. Hoy ese “periodismo soez” ha ganado derecho, los valores vigentes lo han legitimado. La Frivolidad, banalidad, estupidez acelerada del promedio es uno de los inesperados resultados de ser, hoy, y son más libres que nunca.

Desgraciadamente, cualquier intento de frenar legalmente el amarillismo periodístico equivaldría a establecer un sistema de censura y eso tendría consecuencias trágicas para el funcionamiento de la democracia. La idea de que el poder judicial puede, sancionando caso por caso, poner límite al libertinaje y violación sistemática de la privacidad y el derecho al honor de los ciudadanos, es una posibilidad desprovista de consecuencias, en términos reales. La raíz del mal es anterior a esos mecanismos: está en una cultura que ha hecho del esperpento el valor supremo de la existencia, al cual todos los viejos valores, la decencia, el cuidado de las formas, la ética, los derechos individuales, pueden ser sacrificados sin el menor cargo de conciencia.

Es la cultura, la educación y el buen gusto del ciudadano quienes tienen la obligación de delimitar  la información veraz, seria y contrastada para separarla y aislarla  de la inmundicia.

Insisto, nuevamente, en la responsabilidad que emana de las instituciones, empresas y otras entidades políticas que alimentan este tipo de información execrable y de mal gusto, ellos se trasforman en porteadores de la contracultura  y no pueden ni deben alegar neutralidad o ignorancia.

Tengo la plena convicción que la mayoría de estos porteadores  desconocen el alcance de su contribución, pero eso no les justifica en ningún caso.

El sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a su tarea de reparar el daño hecho. W. Shkespeare

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