Utopia

Las utopías aplicadas han fracasado en la política nacional española, porque se aplicaron siempre en momentos de apuro. Dice el clásico, “en tiempo revuelto no hacer mudanza”. Yo me fío de los clásicos porque, a pesar del tiempo transcurrido desde que expusieron sus reflexiones, nadie las desvirtuó por incompatibilidad con los tiempos, quizás sí por estar frente a sus ideologías, pero el sentido común prevalece ante las “genialidades” intempestivas.

La aparición de candidaturas independientes, como parece ser que se pretende por parte de un par de grupos, se podría justificar por la impotencia que crea la desastrosa administración del Ayuntamiento que tenemos. Y no me estoy refiriendo solamente al déficit de tesorería, que ya existía mucho antes de que se produjeran los primeros síntomas de la crisis financiera, si no a la estructural que padece nuestro pueblo desde hace muchos años, en que han intervenido diferentes consistorios, entre los que yo estuve hace diez años como concejal y no pudimos convencer al ayuntamiento de turno, que la venta de los aprovechamientos urbanísticos, para dedicar sus fondos a gastos corrientes no estaba dentro de la normativa vigente. Si otra hubiera sido nuestra capacidad de convencer, en esta hora, no se habrían hecho algunas obras que mi compañero de grupo calificaba con mucha  gracia como “faraónicas” y a mi entender como innecesarias y Valdemorillo hubiera tenido un INVENTARIO de bienes urbanos adecuado a las verdaderas necesidades de este pueblo, pero desgraciadamente fuimos desoídos y nuestra intervención quedó en dos votos en contra..

Esta historia viene a cuento, para definir la poca influencia que un partido con pocos votos puede tener en las decisiones municipales, por mucha razón que tenga. Yo siempre actúo con la razón, lo que no debe confundirse con que tenga siempre razón, que eso es otra cosa, si no que busco lo razonable dentro del contexto, para mi indiscutible, de lo que permiten las leyes, en las que tengo la confianza política, las haya hecho el partido que las haya hecho. También resulta indiscutible para mi la fórmula democrática, aunque tantas y tantas veces resulta fallida, pero no por culpa de la fórmula, si no por culpa de los que la manejan. No obstante los fallos que se podrían enumerar por docenas en la falta de democracia efectiva, esta sigue siendo lo mejor de los sistemas políticos que yo, con mis 77 años a punto de cumplir, he conocido. Repito que  por los fallos y no por la democracia en  sí, que se cometen por errores humanos y desgraciadamente también por  malas intenciones.

Las utopías, con nombres y apellidos, se han barajado mucho en nuestro país, desde las bien intencionadas de Joaquín Costa, por las constructivas de Francisco Giner de los Rios, o por las soñadas de Enrique Tierno Galván, pero no han calado nunca porque los materiales en que se fundaban alcanzaban a una pequeña parte de la población, dejando indiferentes al resto. Estoy casi convencido que cualquiera de estos eminentes políticos hubieran podido hacer grandes cosas si hubieran tenido la oportunidad de poder, pero los pueblos prefieren las grandes palabras de los embaucadores, que el pequeño hacer de cada día, que al fin y al cabo es el que verdaderamente deja huella de progreso. ¿Qué es al fin y al cabo una utopía? Dice el diccionario de la R.A.E. “Plan, proyecto o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación” Supongo que no habrá que insistir en que con esta idea no se puede ir muy lejos en política democrática.

 

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