La identidad masculina.

La “masculinidad” es una concepción social que nos remite a la existencia simbólica de un modelo masculino hegemónico, que reclama obediencia a unas reglas ancestrales en relación a conceptos cuantificables de: valor, honor, tesón, firmeza y poder; en base a estos términos hemos estado midiendo nuestra virilidad.

La masculinidad hace referencia a eso que venimos llamando “género masculino”, a los atributos y roles asociados a los hombres.

Aunque lentamente vamos aceptando y asumiendo la igualdad legal y real; desde un plano intelectual, de que la masculinidad, pero la masculinidad es un producto social dinámico capaz de evolucionar con el entorno, una forma de ser y de sentirse que el consenso social modifica y puede dejar de producir. En este momento las mujeres se liberan de la protección y de la sumisión, crecen las dudas acerca de lo que significa ser un hombre de verdad y no dejan de aparecer versiones de una masculinidad en crisis con modelos tradicionales. Son tantas las circunstancias concurrentes que habría que empezar a hablar de concepciones de masculinidaddiferenciadas que tendré ocasión de analizarlas en otro momento.

A medida que nos implicamos en la igualdad, los hombres vamos descubriendo problemas que no teníamos planteados, necesidades concretas que nos hacen incorporar, al menos testimonialmente, a reivindicaciones clásicas del “movimiento feminista”, en temas como la conciliación de la vida laboral y la familiar, o la presencia paritaria en espacios con asignación de género discriminatoria. Un buen ejemplo de estas reivindicaciones en versión masculina es el permiso laboral por paternidad, que concilia la no discriminación de la mujer en el acceso al mercado de trabajo, la asunción por el padre de todo el trabajo doméstico en ese periodo, y su derecho a disfrutar de esta etapa de la vida de su hijo o hija, pero este asunto aún tiene matices de contenido discriminatorio que habría que abordar por separado.

Cada vez somos más los hombres conscientes de nuestras responsabilidades personales y colectivas, como resultado de una reflexión autocrítica que nos ha llevado a cuestionar nuestra identidad y evitan reproducir el sexismo. Algunos creemos que la mejor contribución es convencer a los hombres de la necesidad de apoyar los cambios en las estructuras de poder, los ordenamientos sociales y la organización de la vida cotidiana, para favorecer el acceso de las mujeres a las esferas laborales, políticas y sociales, impulsando para ello las medidas de acción positivas que se vean necesarias en cada caso concreto.

Entre los hombres antisexistas, no me gusta llamarlos feministas, lo considero innecesario y ridículo, hay demasiada prudencia al hablar de “los costes” de la masculinidad y de los beneficios de la igualdad para los propios hombres, por creer que es egoísta pensar en nuestro bienestar cuando son tan graves las desigualdades entre los sexos, por la sensación de que al hacerlo se confunden las prioridades, por no ser nunca el momento oportuno, o por temor a parecer menos solidarios con las mujeres, pese a saber que el futuro de los hombres es parte del cambio, que necesitamos pensar y experimentar de manera diferente nuestra existencia, o que las ventajas de la igualdad son muy persuasivas en temas como la paternidad, la expresión de los sentimientos, la autonomía personal, la sexualidad o las expectativas de vida, porque ofrecen a los hombres la posibilidad de mejorar su vida y sus expectativas y cambiar sus actitudes.

La igualdad de derechos y oportunidades entre los sexos ya es hegemónica en un mundo desarrollado, un objetivo hacia el que se avanza pese a los tabiques de cristal que frenan a las mujeres. Un dato que invitaría al optimismo, si no fuera por los problemas de la masculinidad que siguen considerando victimas a las mujeres, como el retraso de los hombres en corresponsabilizarse de lo doméstico, o unos niveles de violencia inadmisibles. La realidad es tan testaruda que obliga a articular el discurso masculino igualitario con la lucha contra la desigualdad como prioridad.

Tenemos que socializar en la igualdad propiciando las elecciones personales, siempre únicas e imprevisibles, sin olvidar que la educación de los niños ha de reforzar valores poco frecuentes entre sus iguales como la confianza, el respeto a la diferencia, la autonomía en lo doméstico, la corresponsabilidad o la no violencia en la solución de los conflictos. Hay que inculcarles una actitud crítica ante los mensajes sexistas que les llegan en forma de exigencias, a través de la familia, la escuela, las amistades o la televisión. Una actitud crítica frente a los privilegios masculinos, que les solidarice con las reivindicaciones de las mujeres, sin verse discriminados por responsabilidades históricas del colectivo masculino que no reproducen.

La igualdad de género es un objetivo que invita a participar en el diseño de un referente universal que permita socializar a los niños y las niñas en los mismos valores, aquellos que consideremos deseables en cualquier persona con independencia de si proceden de la masculinidad o la feminidad tradicional. Un fin que permite educar, también a los niños, en los cuidados, la prudencia, la empatía o la expresión de los sentimientos, convencidos de que no existen actitudes o conductas que resulten encomiables en los hombres y censurables en las mujeres o viceversa.

Desearía que este artículo propiciara un debate que está servido en la calle.

Sean felices. JGM

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