La coherencia política

Ya la sola palabra coherencia nos abre puertas al significado primigenio, sobre todo para aquellos cuya  herencia ha sido la buena educación, el amor a la cultura, el respeto por la palabra escrita, el conocimiento de la historia próxima, comenzando por la familiar, por la regional y por la nacional, especialmente de los últimos 200 años. Ese conocimiento, que nos ha traído el amor por la libertad, por el respeto de la Ley, por la confianza en la familia y por el orden social, nos ha llevado a unas determinadas convicciones que en principio son heredadas y que por lo tanto hace coherente un comportamiento personal adecuado.

Si se han fijado bien, es posible que les haya llamado la atención cuando hablo del respeto a la palabra escrita; podría interpretarse que el respeto a la palabra termina en lo escrito, pero no es así, en nuestra familia siempre se han cumplido las palabras dadas, aunque no hayan sido escritas ni firmadas; hecha esta necesaria aclaración, volveré sobre lo escrito. En mi familia se sentía un respeto extraordinario por los libros, en contra de todos aquellos que afirman que el papel lo soporta todo, queriendo desprestigiar a todo lo que está escrito, seguramente porque desconocen que el que escribe dice la verdad, su verdad efectivamente y como cualquier ser humano puede estar equivocado, pero no se vierte en el papel algo premeditadamente falso o incierto, si no que el escritor se juzga a sí mismo antes de comprometer cualquier idea, a sabiendas que después vendrá la crítica para poner las cosas en su sitio. El esfuerzo intelectual del escritor, considero, consideramos que debe ser respetado independientemente de que estemos de acuerdo o no con sus ideas, para polemizar siempre habrá tiempo.

La coherencia es, por tanto, el reparto de la herencia intelectual de nuestros ancestros a los que hemos amado y recordamos a menudo, en sus costumbres, en sus relaciones con nosotros, en sus consejos, en sus ideas y en la primera visión del mundo que nos rodea. Yo he conocido personas, cuyas familias, por falta de cultura, no han podido educar a sus hijos en el cultivo del conocimiento intelectual, aunque los más inteligentes se han acunado en la educación de sus maestros, cuando han tenido la suerte de tenerlos buenos y preocupados por su vocación. ¡Cuántos son más hijos de sus maestros que de sus padres! Por eso son tan importantes los maestros, que saben lo que sus alumnos necesitan y se lo procuran.

Otra forma de entender la coherencia es la continuidad de la razón en la expresión de las ideas, especialmente políticas. Entre la herencia intelectual y las concepciones propias de la reflexión y el estudio, forjan el criterio individual que no forzosamente ha de coincidir con el de nuestro padre o maestro, aunque la coherencia entre unas y otras continua existiendo, porque es la manera de resolver las diatribas filosóficas, que atravesamos con el devenir de los tiempos, y lo que nos sirve de aquella coherencia inicial que muchos llaman educación y cultura. El paso del tiempo nos enfrenta con nuevas ideas, con nuevas costumbres y con una nueva sociedad que se alimenta de ellas, pero el sedimento de la primera educación siempre quedará en nuestro recuerdo e informará nuestras decisiones, por un lado modernas y por otro heredadas.

Gracias a nuestros padres, a nuestros maestros y a la sociedad que hemos vivido, somos como somos. Unos se sentirán orgullosos de sus comportamientos y otros no tanto, pero todos debemos estar agradecidos por lo bueno que nos enseñaron, aunque algunos no lo practiquen. Es lo coherente.

Algunas personas de ideología diferente a la mía, pero de cuya estimación estoy tan seguro como puede estarse en ese terreno tan resbaladizo, me han interrogado sobre los motivos de mis convicciones, por parecerles increíbles, seguramente porque me ven con  una imagen distinta a la que ellos creen que debe corresponder a la ideología que yo confieso. Es extraordinario como algunos ven  desfigurada la imagen de los que no piensan como ellos, como si el pensamiento tuviera algo que ver con la imagen, con los modales y hasta con la forma de vestir. Esto es lo que yo llamo incoherencia, tanto como el tratar de operar matemáticamente con números heterogéneos. Los hechos  también pueden ser incoherentes en determinados casos, pero los que definen la verdadera naturaleza de la mente humana son los que se repiten inconscientemente a lo largo de toda una vida. Esa es la coherencia.

En estos días se han producido en Pozuelo de Alarcón unos hechos que aparentemente no se correspondían con la imagen que tenemos de los habitantes de aquel pueblo, en el que abundan familias de clase media alta y burgueses de grandes fortunas, no sabemos si de nuevo cuño o rancio abolengo, pero para el caso es lo mismo porque los actuantes han sido los hijos. La adopción de costumbres populacheras, como son las juergas colectivas llamadas “del botellón” y posteriores excesos hasta llegar a la delincuencia, podría parecer una incoherencia o inconsecuencia con la educación que, por la situación económica de sus familias deberían haber recibido, pero no cabe duda que no es así. Lo cierto es que algunos de esos muchachos y muchachas pueden haber recibido una educación costosa económicamente, pero lo cierto es que el resultado denota que la educación aunque haya sido refinada ha sido francamente mala. ¿Quién tiene la culpa los profesores o los padres? Para mí, sin vacilar, los padres; especialmente algunos que no contentos con el trato que han recibido del juez sus hijos, con una sentencia francamente pedagógica y cívica, en todo caso prudente, recurren la sentencia acusando a la policía de trato violento con sus hijos.

Todos tenemos derecho a la defensa ante los tribunales, también los menores de edad, o si se quiere más estos todavía, pero una circunstancia tan propicia para que los padres acepten la lección que ellos no han sido capaces de dar a sus hijos, no se va a dar muchas veces más. La lección del comportamiento cívico, de la templanza ante las drogas y el alcohol lo es, el respeto ante las policías que no están para dar lecciones de moral, pero sí para mantener el orden público, lo es también.  Y decía que no se va a repetir muchas veces más esta oportunidad porque los menores dejarán de serlo y ya no habrá remedio, las sentencias serán otras, entre las que están previstas en las leyes.

 

 

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