El ingenio

Vengo observando que se vierte sobre el Cocodrilo mucho ingenio, mucha sabiduría y alguna pasión. Está muy bien, para dar interés a lo que se publica y para decir al lector silencioso, anímate y mójanos la oreja, pero lo que me preocupa es que, porque se esté produciendo el milagro de que cada uno defienda su verdad, con lo que nos enriquecemos todos, haya quien se altere y pueda caer en el enfado. Lo deseable es que haya puntos de vista diferentes sobre los mismos temas, lo que siempre será la realidad, porque el ser humano es contradictorio, no solamente con los demás si no, incluso, consigo mismo, lo que no quiere decir inconstante en su criterio, si no que cuando se ve lo que los demás piensan y dicen, se perfilan y matizan los criterios, haciéndolos más universales. Nos aprovechamos de la sabiduría ajena para mejorar nuestros propios pensamientos y hasta sentimientos.

Se manejaba estos días de atrás la oportunidad del Plan E. Yo leí un extracto emitido por el Gobierno explicándolo. Se trataba de obtener dos beneficios con una sola medida: el primero se refería a producir un gasto de choque para paliar la falta de fluidez crematística en los municipios y se imponía la condición de aplicar la subvención a nuevos proyectos, es decir, no a completar proyectos en marcha, que lógicamente ya tendrían o deberían tener las provisiones presupuestarias correspondientes. El segundo, pero no menos importante que el primero, imponía la condición de que la mayor parte del gasto fuera a pagar a salarios de trabajadores en paro, que naturalmente dejarían de percibir el subsidio mientras obtenían el salario por su trabajo.

En principio la medida no sólo era correcta, si no conveniente; cuando se trata de inyectar fluidez monetaria, sabemos que todo el dinero que se entregue a los parados termina en un plazo breve convertido en compras, porque sus ahorros están mermados por las circunstancias y de esta manera se protege la economía colectiva.  Otra cuestión es que los ayuntamientos acierten con los proyectos. La premura con que se obligó a definirlos hizo cometer muchos errores; en Valdemorillo, por ejemplo, se tomo la decisión de construir las aceras en las urbanizaciones donde faltaban, lo que a mi no me pareció un acierto porque la parte mayor de la subvención había que aplicarla a los materiales, cuando la intención del Gobierno es que fuera a manos de los trabajadores; otro fallo de la decisión estuvo en emprender una obra que nadie había pedido, por lo que debió considerarse innecesaria, al menos por el momento. Tuve también el convencimiento de que la adjudicación de la obra había sido poco meditada, ya que el beneficio, tanto para el adjudicatario, como   para los parados fue a parar a otra ciudad, cuando la menor complicación de la obra adjudicada, con muy poco que se hubiera hecho, podría haber  sido adjudicada a una empresa de Valdemorillo, aunque hubiera de haber sido necesario crear una asociación de empresarios interesados.

Yo estoy de acuerdo en que el estado concedió poco plazo para pensar y crear un proyecto más acorde con el espíritu de la medida política. Además el mismo estado aceptó sin reparos el proyecto. El Ayuntamiento, no se por qué, no se tomó muy en serio este tema y pienso que si hubieran pedido ayuda a una comisión de expertos les hubiera salido mejor. 

Después de esta exposición, si alguien me dice que a toro pasado es muy fácil la crítica, no tengo más remedio que estar de acuerdo también, pero no me enfado por ello. Lo único que puedo decir es que cuando no se tienen claras las actuaciones políticas hay que pedir ayuda a quien sabe y aprovecho a decir que en los ayuntamientos es donde aparece con mayor claridad la necesidad de construir política, en desacuerdo con quien ha dicho que los ayuntamientos sólo necesitan buena gestión. Si la política no existe la gestión suele ser como se ha demostrado en este caso.

Contra lo que algunos piensan, la política no es hablar de personas, la política es calcular, conocer y proponer lo mejor para el bien común. La gestión de lo propuesto puede quedar en manos de los técnicos, bajo la estricta vigilancia de los políticos, que no deberán dejar de la mano las leyes del reino.

RGH

 

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