Nos invade una ola viscosa de relativismo etico, hedonismo banal y plebeyez zafia

Es incuestionable que la corrupción no es cosa de unas siglas u otras, que la corrupción no es solo política. Aparece aquí y allá unificando en estos nefandos comportamientos intereses económicos, empresariales y políticos. Son ellos, los responsables de esta crisis económica sin precedentes, emboscados en la economía financiera que todo lo impregna, los que pretenden salvarnos.

España ha bajado desde 2004 seis puestos en el Índice Global de Percepción de la Corrupción de acuerdo con la evaluación periódica que lleva a cabo Transparencia Internacional, con sede en Berlín. Nuestro país está en el puesto 28, solamente superado en corrupción por Italia de entre los países más avanzados del mundo. Se trata de un síntoma más del declive en el que estamos inmersos los españoles después del espejismo de las burbujas financiera e inmobiliaria de la década 1997-2007. ¿Acaso este fracasado modelo productivo basado en la construcción y en la especulación surgió de la nada? Se ha construido sin medida porque cada obra pública, cada piso, cada recalificación enriquecía a alcaldes y alcaldesas, concejales/as de urbanismo y a los partidos. Ha sido el sostén de unos/as políticos/as corruptos/as, que ahora nos proponen salvarnos de  la crisis donde nos metieron ellos/as mismos/as.

También hemos descendido varios escalones en el ranking de competitividad y en el de calidad del sistema educativo entre los países desarrollados, lo que indica que padecemos males profundos que no son episódicos, sino de carácter estructural. Una ola viscosa de relativismo ético, hedonismo banal y plebeyez zafia nos invade progresivamente desde los medios audiovisuales mientras nuestra sociedad va incorporando hábitos destructivos en sus comportamientos tanto privados como públicos. La corrupción es letal para el correcto funcionamiento de los mercados, base de la prosperidad y del crecimiento. De hecho, puede acabar con la economía más boyante, tal como se ha demostrado en Argentina por citar un ejemplo notorio.

Nosotros afortunadamente aún nos encontramos lejos de estos casos extremos, pero hemos emprendido un camino muy peligroso. Aquellos que presentan conductas escandalosamente venales en el ejercicio de responsabilidades de gobierno a nivel municipal, autonómico o estatal, no son objeto del rechazo social inmediato e implacable que debería producirse en una sociedad moralmente sana. Por el contrario, son protegidos por sus partidos, escapan con cierta facilidad a una justicia lenta y politizada y pueden incluso medrar transformados en personajes de “reality show”. Nos rodea un panorama desolador ante el que debemos de reaccionar urgentemente antes de que la mierda nos termine asfixiando. En este trabajo el papel de los partidos políticos es fundamental, el militante no es, en ningún caso, un elemento pasivo contra la corrupción. Debe disponer de los elementos necesarios para neutralizar la corrupción o salirse del partido y denunciar, jamás ser reo de la disciplina de partido.

Deben ser los partidos políticos los principales interesados en lavar su imagen denunciando a los corruptos/as. Si no lo hacen se transformaran en reos/as como esta ocurriendo en el PP con el caso Gürtel.

En los próximos meses iremos viendo, con ayuda de “jueces Garzónes”, como algunos “iconos” irán cayendo poco a poco. Sinceramente no deseo que caiga ninguno cerca de nuestros pies, pero para  que esto no ocurra el Consistorio deberá dedicarse a ir deshaciéndose del lastre que viene arrastrando, nombrando un interventor de carrera que ponga en limpio la tarea en beneficio del pueblo o permitir una auditoria externa libre de contaminación. Si alguno debe abandonar su puesto que lo haga voluntariamente con la mayor dignidad posible Hay demasiadas cosas enmarañadas que exigen depurar responsabilidades. 

Que los amordazados liberen valientemente sus mordazas teniendo presente qué: el que calla otorga y es cómplice de un delito de ocultación.

JGM

 

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