Con frio y sin respuestas

Ayer sábado no apetecía la calle ni al sol, pues estuve cerca de tres horas de charlas, solo media hora en la chocolatería. Antes de entrar ya iba con el frió pegado al cuerpo y la cabeza caliente. Me fue imposible responder las directas cuestiones que una de las primeras vecinas que conocimos, hace más de quince años, me puso por delante a mitad de la calle  Balconcillos. Me preguntaba la mujer como era que este mes cobraba menos pensión, si se la habían subido. Que si su hija que está pensando jubilarse dentro de dos años le iba a coger lo que decía la televisión., lo de tener que esperar dos años más y cobrar menos.  Que como podía ser eso así. Me preguntaba con sus manos posándose en las mías, frío sobre frío, en medio de la calle fría con una corriente cabrona de hacer llorar. No pudiéndole contestar, sin dejar de mirarme a la cara, me pidió que le invitara a un café, lo que me dio una oportunidad de pensar que decir. Pedido el café y un chocolate nos sentamos, junto a otro vecino conocido de ambos. Repetidas la preguntas, el tercero se sumó a las mismas  y me preguntó por como se explicaba que su hijo, pequeño industrial, con taller en el pueblo, llevara casi dos años sin poder respirar por la falta de crédito en el banco con que trabaja, y sin poder irse a otro, dadas las circunstancias.  Me preguntaba que teníamos que decir, que donde estaba el dinero que se les había dado a los bancos. Ni podía explicárselo, ni me atreví más que a dar vueltas en la taza con la cucharilla. Ni encontraba contestación, ni me dejaron pagar. Cuando me lleve el chocolate a la boca me achicharré de lo caliente que estaba. Tuve que pedir agua que, mas que los morros y la lengua escaldados,  me aligero el estomago encogido que tenía tanto por las preguntas como por el sentimiento contenido en ellas y mi falta de respuesta.

A la salida, cincuenta metros abajo, al llegar al aparcamiento encontré a dos buenos conocidos, hasta ahora votantes socialistas, me dijeron, como recibimiento “caluroso” mientras nos saludábamos en igual ambiente de frío. Las palmaditas dialécticas no pararon en tres cuartos de hora que estuvimos de pie, al sol y helados. “Después de lo de Caja Madrid no os queda mas que veros con hábitos, capuchones y caretas,  como la pandilla del último capítulo de Águila Roja” , “Podéis llamaros el PrioRato de la CAM”. Yo, que no veo la serie, pregunté y por lo que me relataron creí que estaban refiriendo la de Tom Cruise y la Kidman, con orgías de reparto de “chuches” de todo tipo, entre tipos de de la jet, ahora llamada Casta. Creía que se trataba de un sábado infernal. No pararon de ponerme-nos a parir. De paso, conocedores de la cuestión local, me preguntaron por lo que aquí ocurre y por lo que conoce y no atiende Madrid. Otra vez me acompañó la suerte, él tuvo que ausentarse a orinar y ella,  me remitió a sus opiniones en esta página, en la que ya ha escrito en otras ocasiones. Su beso de despedida me hizo comprender que no iba conmigo la bronca, pero ya que me habían visto, me daban  los recados.

Según me dejaron me metí en el coche donde el sol tras el cristal me dejo la primera caricia del día y la necesitaba. Eran las doce pasadas y estaba cansado, frío y cabreado.
Como si estuviera escrito no me dio tiempo a arrancar cuando  sonó el móvil. Un buen conocido y vecino del Cerro me había tocado el claxon al cruzar antes y me larga que estaba seguro que no le iba a llamar. Y tenía razón pues no le había visto ni oído. Me recordó lo de las urbanizaciones, lo de las aceras y lo de la televisión española, donde trabajaba, hasta el año pasado. Quería que le explicara como se come lo de la publicidad para beneficio de las teles  privadas y el déficit de la pública a costa de los impuestos de los españoles. Y que tenía problemas para un crédito para la reforma del tejado, cuando en la vida había tenido pegas con los bancos. Me preguntó si era el mismo Tribunal de Cuentas el que salía en los periódicos sobre las deudas perdonadas a los partidos y el que tiene la denuncia que había por la situación del Ayuntamiento. Le aclaré que sí, escuche un buen rato y me despedí quedando en llamarle.

Era casi la una, apagué el teléfono, arranque el coche y traté de salir del aparcamiento de Bravo. En la rampa tuve que parar, la primera vecina con la que hablé a las diez de la mañana, acompañada de su hija y el nieto cruzaban la calle. Ellas no me vieron. Llegue a casa,  sigo sin respuestas y me hago otras preguntas.

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