La realidad política

Los partidos son estructuras que crean y sustentan muchas de las instituciones del Estado. Desempeñan funciones sociales y políticas imprescindibles en una democracia, al grado de que no hay en este momento entidades capaces de sustituirlos. Sin embargo, cuando no existen los suficientes controles democráticos, pueden constituirse en medios perversos. Los partidos son constructores de los regímenes democráticos, actores distinguidos y garantes de su consolidación. En las democracias modernas son indispensables, aun cuando en fechas recientes se plantee el tema de su actualización ante problemáticas y desafíos tecnológicos, sociales y económicos anteriormente desconocidos.

Además de subrayar el valor de los partidos para la democracia, hay que destacar sus carencias en términos generales. La democracia interna y la capacidad de adaptación a los cambios que imponen las sociedades modernas. Si los partidos desarrollan ambas, seguramente se robustecerán y con ellos la vida democrática en su conjunto. Si, por el contrario, no son sensibles a los cambios sociales y no profundizan la democracia en sus estructuras influirán negativamente en el tejido social e institucional pasarán por un futuro incierto.

Para precisar su origen podemos distinguir dos acepciones. Una proyecto amplia de partido nos dice que éste es cualquier grupo de personas unidas por un mismo interés. Si, en cambio, lo admitimos en su concepción restringida, como una agrupación con ánimo de permanencia temporal, que media entre los grupos de la sociedad y el Estado y participa en la lucha por el poder político y en la formación de la voluntad política del pueblo, principalmente a través de los procesos electorales, tiene que ver con el perfeccionamiento de los mecanismos de la democracia representativa.

Al mismo tiempo, los partidos tienen importantes cometidos en los Estados modernos: proponer programas e ideologías a los ciudadanos, articular y aglutinar intereses sociales con finalidades estrictamente políticas, reunir y socializar a los ciudadanos y, principalmente, reclutar elites y formar gobiernos, función que sólo ellos pueden realizar.

Los insondables cambios sociales, económicos y tecnológicos que se viven han transformado a los partidos políticos. Los partidos de masas ideologizadas se han vuelto de corte más pragmático, en búsqueda invariable  del llamado centro político. Los modelos racionales de política han provocado en muchas sociedades un menor interés por los temas políticos, y quienes se interesan por la participación lo hacen sobre temas concretos e identificables.

¿Podrán los partidos sortear su crisis y su futuro? La respuesta no puede ser única y definitiva; pasa necesariamente de un planteamiento múltiple con diversas derivaciones. En principio, debemos situar el problema en el contexto del futuro de la democracia. Con sociedades homogéneas, la respuesta tiene que ver con el desarrollo y la profundización. Los partidos tienen que cambiar de estrategia de acuerdo con las pautas que presenta la nueva sociedad tecnológica e informática; su apuesta está en fomentar alianzas con los movimientos sociales, ser capaces de avanzar en las propuestas de estas organizaciones y mejorar sus mecanismos de democracia interna. En especial, el cuidado debe residir en la renovación constante de sus dirigentes y en mantener frente a la sociedad una gran transparencia en sus líneas políticas y en el uso de sus recursos.

En los regímenes políticos democráticos con sociedades heterogéneas la tarea consiste en perfeccionar los mecanismos institucionales de la democracia, para que los diversos grupos sociales y partes de la nación reciban un trato de equidad que haga factible la unidad en la diversidad y procure un desarrollo armónico e igualitario. Ciertamente, esta tarea es más delicada que en los regímenes democráticos homogéneos, por lo que es conveniente que los distintos mecanismos de relación política sean fluidos y transparentes y cuenten con importantes garantías de respeto a las minorías, de suerte que ninguna de ellas sucumba a la tentación de acercarse a la tiranía de las mayorías.

Los dirigentes de los partidos están obligados, tanto frente a sus afiliados como a sus votantes, a informar sobre el origen y destino de los recursos. Igualmente, hay que explicar al público que sin dinero no puede haber partidos, elecciones ni campañas para llegar al poder, y que es responsabilidad de los ciudadanos contribuir en este rubro al proceso democrático. Tampoco se está a la altura de las circunstancias en un proceso de transición si se alientan posturas populistas poco realistas que no se reconoce que la democracia significa necesariamente mayor desarrollo económico.

En los procesos de transición, los partidos son principalísimos actores conscientes de la labor que realizan. En esos momentos, su finalidad principal es el establecimiento de procedimientos democráticos justos, pues más que competir por el poder están construyendo las bases del nuevo Estado. En cierta forma, dejan de ser singularidades en búsqueda de un beneficio político para transformarse en formadores y consolidadores del Estado democrático de derecho. Por tal motivo, su tarea es única y fundamental, muy diferente a la que se desarrolla dentro de las condiciones ordinarias de la competencia política en una democracia al uso.

prof. gonzález martín.

Master oficial en sociología por la ucm.

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