Capítulos sueltos

Decididamente, la democracia en España empezó muy bien pero veo a la derecha retrocediendo hacia el franquismo y unida a la crisis general se nos presenta un panorama muy difícil; y si la ve retrocediendo es porque ayer tuve la paciencia de escuchar una larguísima entrevista de Radio Nacional a Marcelino Oreja y me llevé una sorpresa dado que entre los numerosos cargos que ostentado desde la época de Franco y que salieron a relucir a lo largo de su biografía, que empieza con la muerte de su padre, hasta ahora que trabaja en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (que no se sabe muy bien para que sirve), no menciona en absoluto a la etapa del gobierno de Felipe González en que, a iniciativa de mi marido Fernando Baeza,  fue Secretario General del Consejo d Europa en Estrasburgo. ¿Qué les llevó a él y al periodista a omitir un cargo tan importante?

                        

A pocos meses de llegar a Estrasburgo mi marido y yo como embajadores terminó su mandato el austriaco que lo dirigía entonces y correspondía a España o a Portugal ese cargo, por lo que Fernando se puso de acuerdo con embajador portugués y quedaron en apoyarse mutuamente cuando uno u otro encontrase la persona adecuada.
El portugués no lo encontró y Fernando comprobó que los compañeros socialistas con idiomas y conocimientos legales estaban y ocupados por lo que pensó quizá que Marcelino Oreja, que se encontraba en el Ministerio sin destino, podría ocuparlo y lo propuso a Fernando Morán.

                  

Fernando había tenido bastante contacto con Marcelino ya que se encontraba en todas la comisiones exteriores del Senado y abarcó la etapa en que Marcelino era Ministro de Exteriores.

Por cierto que en esa etapa lo pasé muy bien un día que acompañe a Fernando a una recepción en el Palacio de Viana. El salón principal donde estábamos era sumamente original ya que tenía toda una fila de pequeñas mesas camilla en uno de sus lados, quizá 7 ú 8, con sus correspondientes silloncitos para que los grupos que querían hacer un aparte estuvieran cómodos. El techo era altísimo y en el lado opuesto a  las mesitas camilla había una serie de palcos. El conjunto era precioso y se lo comenté a Marcelino, que me propuso esperar a que todo el mundo se fuera para enseñarnos el resto del Palacio. Así lo hicimos y me chocó el dormitorio principal reservado a los invitados, de gran categoría y que consistía en una alcoba dando a un salón bastante grade, muy bien amueblado y con una fila de armarios iguales al de mi cuarto que había planeado durante una tertulia nocturna en el café Gijón y, para colmo, estaban pintados de un verde hoja seca igual que el mío. Fue muy divertido y me quedé muy orgullosa de mis dotes decorativas, y que era una habitación hecha por el famoso decorador chileno Carlos Beistegui, que  hacía estragos en París.´

A la salida Fernando se tuvo ante un cuadro que estaba seguro de haber visto y no sabía cuando. Días después Marcelino indagó el origen de ese cuadro y resultó que había estado en la embajada española en Chile, en los años en que el padre de Fernando era embajador allí. Fernando debía tener 12 o 13 años entonces. Marcelo estaba deslumbrado de la memoria de Fernando y de nuestros conocimientos artísticos de los que él, por lo que vimos después, carecía. Pero Fernando sabía que Marcelino era muy trabajador y estaba bien de idiomas y podía desempeñar muy bien el cargo del Consejo deEuropa. Como ni Fernando Morán, ni Felipe González se opusieron, Marcelino comenzó su campaña de aspirante al cargo con visitas a los países miembros desde Estrasburgo, donde Fernando y yo teníamos que animarle ya que en Madrid trataban de quitárselo de la cabeza diciéndole: “no te presentes, que si no sales es peor”-

Como nuestro chofer libraba los domingos, a mí me toco pasearles con Fernando (Fernando nunca condujo) por los alrededores de Estrasburgo. Recuerdo haberle llevado, entre otros sitios, a Comomar a almorzar y a ver el famoso retablo de Issenheim, de Mathias Grunewald, que el no sabía ni que existía.

Le acompañamos el día de la votación que ganó y bajó enseguida a comunicarle a su inseparable madre, Pureza.

Se instalaron en una casa pequeña que en la primera recepción parecía el Metro en hora punta y advertí a Silvia de que hablaría con la alcaldesa, de un palacio que el Ayuntamiento tenía reservado para el Secretario del Consejo de Europa y que había rechazado su antecesor austriaco, ya que requería bastante servicio, cosa que no era problema para Silvia ni Pureza. La alcaldesa estuvo encantada y allí se instalaron.

En el Consejo cayó muy bien porque Marcelino, como era de esperar, trabajó mucho y bien y no puedo comprender que esos años de su vida se supriman por el hecho, supongo, de haber sido durante el gobierno de Felipe González, y me parece una injusticia ignorar el apoyo de Fernando y la importancia de una época en que España entro a formar parte de Europa.

No me cabe en la cabeza que ahora, que se está haciendo un libro de distintos colaboradores sobre Marcelino Oreja, se esté suprimiendo también esta etapa. Por eso pienso que estamos retrocediendo en nuestro espíritu democrático, sobre todo por parte de la derecha, en una cuestión que no hace sino recordarnos las famosas “dos Españas” que tanto ha  dividido a este país. Resalta mucho la actitud del espíritu de reconciliación nacional que siempre fue objetivo de Fernando y mío, y por supuesto el del gobierno de Felipe González, que contrasta con el ambiente  actual.

El hecho es que en la embajada siempre tratamos a los españoles allí empleados con mucha amistad y en los plenos nunca se hizo distinción entre izquierdas y derechas, cosa que no siempre había sido así. Al llegar a Madrid me invitaron a un par de reuniones con ellos y me informaron de una especie de club que existe de antiguas embajadoras. Cosa que no me ilusionaba nada porque tenía tareas interesantes por delante. La realidad es que he dejado caer mis amistades de Estrasburgo, que aquí me temo que son todas del PP y se rompería  la buena armonía anterior.

Es curioso que estando clarísima la evolución de la política española a la muerte de Franco, haya gente que, incluso habiendo participado en la transición, lo vean todo de forma tan partidista ahora.

Yo rehago el siguiente resumen: Suárez, entre otros, lidera una transición y su primera legislatura es un éxito. Pero viene la segunda legislatura y no ocurre nada. La gente espera con ilusión los cambios necesarios, que no se producen apenas y el aburrimiento es general. Solo animan el panorama los chistes de Alfonso Guerra, a veces crueles como cuando llamó a Soledad Becerril “Carlos II vestido de Mariquita Pérez”. Así pues, la gente vota socialista y Felipe González se lanza a la organización de los sindicatos, la sanidad, la educación y suprime todos los obstáculos vigentes para exportar e importar y mete a España en Europa. Es decir, que cuando después de varias legislaturas viene un gobierno de derechas, el de Aznar, el país está ya preparado para la gente de negocios.

La lástima es la poca preparación de la burguesía que se lanza a la construcción que, por lo visto, era lo más fácil y lo hace sin los estudios de mercado pertinente y saber que clase de viviendas, servicios, transportes, etc. Eran necesarios para esos barrios. Solo buscaban alcaldes dispuestos a calificar terrenos. Para colmo, Aznar privatiza empresas muy rentables para el Gobierno, para luego venderlas a extranjeros o amigos y, aún ahora, se permiten decir que si fracasaron fue “por la herencia recibida de los socialistas”, es decir por la democracia que no supieron aprovechar.

Ahora es el desconcierto político porque Pedro Solbes, cuyo prestigio todo el mundo conoce, se encuentra con que si “tira de la manta” el país se vuelve del revés y prefiere marcharse. Por cierto, que es posible que acabemos todos “manteros” con una especia de “toma y daca”

Maria Giralt de Baeza.

 

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