Maria Giralt: Paseos por la memoria. 1936.

El 18 de julio de 1936 mamá y yo veníamos en tren de Barcelona y, con gran inquietud de los pasajeros, estuvimos parados en Zaragoza ¡4 horas!. Al fin corrió la voz de que había un levantamiento militar en Melilla. Pero el tren por fin arrancó y llegamos a la estación de Atocha ya de noche cerrada.

Los andenes estaban abarrotados esperando ese tren y allí estaba mi padre con la plana mayor de Giralt Laporta que, entre todos, habían decidido nos marcháramos enseguida a El Escorial.

Así lo hicimos. La carretera estaba vacía y, de vez en cuando nos paraba una patrulla  de “milicianos” armados que nos obligaban a abrir las maletas. Los últimos que nos pararon fue una pareja de  Guardias Civiles a caballo (con su famoso tricornio) que preguntaron a mi padre como estaba Madrid. Mi padre les previno de las patrullas y les aconsejó no siguieran. Sabe Dios qué fue de ellos.

En El Escorial ya estaban deteniendo a los veraneantes. Vi desde el jardín a nuestro vecino, el notario Arizcun,  con sus dos hijos mayores, que pasaban hacia el pueblo escoltados por dos hombres armados. Les pregunté “A donde vais”,” No sabemos” me respondieron. Más tarde supe que esa misma noche los fusilaron.

Tío Pascual Bravo y tío Juan estaban en un Patio Interior del Monasterio que era la cárcel improvisada. De allí entresacaban a los que querían fusilar.

Naturalmente vinieron a buscar a papá que se había  ido a Valdemorillo a ver qué pasaba allí. Mamá les dijo que estaba en Madrid y dijeron que se presentara en El Monasterio tan pronto llegara. Esa noche durmió en casa de tía Áurea; con su marido ya detenido se suponía que allí estaría a salvo. Pero era muy peligroso esconder a alguien, por lo que papá decidió “presentarse”. Mamá avisó enseguida a Valdemorillo, y una delegación de obreros de la fábrica vino enseguida a El Escorial a reclamar a sus jefes, que eran a la vez los “técnicos” sin los cuales la fábrica no podía funcionar. Se los entregaron Haciéndoles responsables de ellos.

En la oficina de Gran Vía ya se había formado  el “comité” para dirigir la empresa. Era el sistema instaurado; los jefes o habían huido o los habían matado, o los consideraban un empleado más o los echaban.

Pero mi padre tenía un equipo de gente estupenda con la que nunca tenía problemas, que decidió protegernos. Decidieron que era peligroso que fuéramos a casa y el portero de Gran Vía abrió el piso que estaba frente a la oficina y allí nos quedamos, Era de una familia vasca, Martínez Larrañaga, que ya estaba de veraneo en Zaraut. 
Yo por mi parte hablaba mucho con el Comité para saber lo que era el comunismo, el anarquismo, el fascismo; o más bien la idea que tenían ellos de todo eso. Garrote, el jefe del Comité, comunista romántico, me dijo que mi padre debía  vivir en el palacio del Duque de Medinaceli, ya que daba trabajo a 500 personas, produciendo cosas necesarias para la sociedad, mientras el duque era un gordo tonto que vivía de la renta de sus tierras, cultivadas por gente que trabajaban de sol a sol y mal pagadas, Yo escuchaba todo atentamente y mi padre me preguntó, muy divertido, si pensaba dedicarme a la política, ya que Garrote le había dicho “María Teresa promete”.

Mi madre se había hecho de Renovación Española, que era el partido monárquico y habíamos estado en Roma, ella y yo, en la boda de la Infanta Beatriz con el príncipe Torlonia, Alguien la denunció y vinieron a buscarla, al final del verano, para encarcelarla en el convento de Conde de Toreno, trasformado en prisión de mujeres.

Por suerte habíamos estado registrando el piso de la Castellana, recién llegados a Madrid, buscando papeles que en cualquier registro pudieran ser “comprometedores”. Por cierto que en el buró de mi madre apareció, entre recuerdos de Roma, nada menos que una tarjeta  de Benito Mussolini! Pero también apareció, y esto fue una gran suerte, una carta de mamá a Indalecio Prieto, felicitándole calurosamente por un articulo que publicó no sé dónde y que mi padre evitó que llegara a enviar. Ésta se dejó en lugar aparente en el buró, y efectivamente, cuando hubo un registro del piso la encontraron y se la llevaron diciendo que eso seria una prueba a favor suyo.

El hermano del portero de Gran Vía, Claudio, que era Guardia de Asalto, fue por Conde de Toreno y nos dijo en las condiciones en que estaban las presas, hacinadas, con el suelo lleno de colchones, sin apenas poder lavarse etc. De modo que, cuando ya llevaba una semana encerrada, yo me levanté temprano, y me fui con Claudio a la Dirección General de Seguridad que estaba en la calle  Víctor Hugo, muy cerca de casa, a ver qué podía hacerse. Encontramos que las colas daban casi la vuelta a la manzana! Claudio intentó “colarme” pero fue imposible.

Él se fue a sus obligaciones y yo, en lugar de volverme a casa, tuve una inspiración: doblé la esquina y me metí en el edificio por la puerta principal, la de las autoridades, guardada por un guardia que no dejaba entrar a nadie.

Entré muy decidida, dándole los buenos días. “Eh! Joven, que no se puede entrar!”. Yo me volví y le miré con aire de sorpresa. “ Usted es nuevo, no?”

Esto era un riesgo, pero supuse que no era el mismo guardia todos los días, y acerté.
               “Si perdone, es usted de la caso ¿no?”
               “Si claro, no se preocupe”, y entré como si lo hiciera todos los días, pero sin tener ni idea de adonde iba la escalera que subí, Recorrí la tira de pasillos y pisos y al fin di con el despacho del Director que, por Claudio, sabia que se llamaba Raúl, Abrí la puerta de la antesala y pregunté por Raúl, siempre con el tono educado, como si fuera su prima o le conociera de toda la vida. “No ha venido aun pero si quiere esperarle, puede sentarse por aquí”.

Me senté cerca de una gran mampara, con una ventanilla que abrieron poco después y vi, al otro lado, las caras angustiadas  de la gente que hacia cola en la calle y que venia en busca de noticias de sus familiares. Lo terrible fue ver a un funcionario que llegaba con varios folios llenos de nombres, y colocar allí a un miliciano al que dijo:  “Aquí están los detenidos y el lugar donde se encuentran, los que tienen esta señal roja ya no están en ningún sitio (estaban muertos), pero tú dices que fueron puestos en libertad”.

Yo allí sentada, alucinada, viendo por la ventanilla las caras de la gente…..
Raúl llegó, entró en su despacho y, mucho después, pude entrar yo. Estuvo amable y me dijo volviera más tarde porque los expedientes estaban en otro edificio.

Estuve allí todo el día. Si salía temía no poder entrar de nuevo.
El expediente tenia una “carta comprometedora”, según me dijo Raúl. Yo le dije que era una prueba “a favor” con lo cual tuvo que pedir de nuevo los papeles para leer la carta.

Salí de allí a las 11 de la noche, no solo con la orden de libertad, que caducaba a las 12, sino con la consigna necesaria para circular de noche y un coche que consiguió Claudio. Éste había recorrido el edificio dos veces buscándome, porque mi padre estaba sumamente inquieto.

No podía Claudio imaginarse que estuviera en los despachos de Raúl.

Mamá tardó mucho en bajar. Todas le decían “Paulina no salgas a estas horas que es cuando sacan para fusilar”.
Hacia pocos días habían sacado, y fusilado, a Mª Luisa Martín Aguilera, hija del Conde de la Oliva, que había criado mi  niñera, Eugenia, antes de venir a casa y cogerme a mi a los 6 meses.

 Al fin bajó porque la responsable de la cárcel le dijo
“Además está su padre, un Guardia de Asalto con bigotes” en el que mamá reconoció a Claudio.

Entretanto las tropas de Franco habían llegado a las puertas de Madrid y comenzaron a disparar cañones.

Maria Giralt de Baeza

                                                                      Continuará…..

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