“Los que entienden la política y la moral separadamente..nunca creeran nada sobre ninguna”

Como ocurre en la actualidad, considerar a los políticos deshonestos llega al corazón de la democracia y hacen prosperar los movimientos antidemocráticos. Sin embargo, todos los políticos saben que la ambigüedad tiende a triunfar sobre la verdad universal. A veces es necesario elegir el mal menor. Nuestros patrones normales de decencia y probidad no siempre se pueden aplicar, aunque no porque el cinismo y la hipocresía sean lo único que importa en política.

 

Tomemos por argumento al delfín de la ambigüedad, el Duque de Talleyrand. No sólo corrupto, sino también un traidor a varios jefes. Se decía que Talleyrand no había logrado vender a su propia madre porque no había podido encontrar comprador. No obstante, aunque fue desleal a los gobernantes, nunca traicionó a Francia. Sucede que la deshonestidad política adopta formas distintas, que vistan con pragmatismo local, Identificaremos:
1. El/la deshonesto/a para empezar, actualmente tenemos un amplio abanico de esta especie que al parecer no tiende a extinguir. Una persona así será un líder, ideólogo o diplomático deshonesto en cualquier circunstancia. A poco que se profundice comienzan a manar.
2. El/la diletante con buenas intenciones. Torpe y aficionado/a, sus acciones dañan los intereses que busca promover. Desgraciadamente algunos/as concejales/as de este pueblo quedarían atrapados. Alguno ha cometido errores por docenas y… sigue y sigue por su incondicional y mal entendida fidelidad.
3. El/la “apostador/a” político/a, por otra parte, hace mal uso de la competencia. Es hábil pero despiadado/a, carece de humildad y evade la reflexión. Sinceramente, prefiero no poner nombre a una personalidad singular fuera del equipo de gobierno. Yo espero y al tiempo deseo que aparezca en el debate.
4. El/la “alborotador/a” político/a es pariente próximo/a del apostador/a, y busca lograr sus crecientes ambiciones por cualquier medio, sin importar los riesgos y a pesar del costo para los demás. Carece de escrúpulos, vale todo.
5. El/a “fanático/a” político/a, como Bush, Blair y Aznar. También deshonestos, ya que cegaron por la convicción del que tiene la razón en todo. Es inflexible y no se detiene, es una aplanadora que aplasta todo lo que encuentra en su camino, sin considerar los efectos colaterales.
Más allá de estos tipos distintivos del político deshonesto hay actitudes políticas más generales. En primer lugar están las formas cínicas del pragmatismo, encarnadas en el principio de que el fin justifica los medios siempre que las exigencias morales entren en conflicto con los intereses políticos.

Eso no significa que no podamos identificar a los políticos honestos cuando nos encontramos con ellos. Kant describió a dos tipos de políticos. El “moralista político” busca “forjar la moral” según las necesidades de la política entendida como un juego cínico. Es una etiqueta que se aplica con facilidad a todos los tipos de políticos deshonestos, los cinco tipos descritos.
El segundo es el “político moral” que rechaza el pragmatismo cínico pero que no cae en la moralización ingenua. Un político honesto es alguien que considera a la política como una herramienta para alcanzar el bien común. No es ingenuo y sabe que con frecuencia es necesario ser paciente, hacer arreglos y seguir una política de pasos pequeños. Sin embargo, mientras busca las metas parciales no pierde de vista los objetivos más amplios. En este apartado si que me atrevo a poner nombre y apellido: Luís Herranz, concejal socialista, que conozco desde hace algún tiempo, apostaría por él.
Como conclusión, un político honorable aplica un pragmatismo basado en principios, en el valor para decir cosas desagradables, pero siempre con una actitud constructiva. En efecto, la crítica irresponsable (el afán de revelar y publicar un problema sin la voluntad de proponer soluciones factibles) es tal vez la forma más común de deshonestidad en política. Por ello, gobernar es la mejor prueba de honestidad política. En los países democráticos, si los políticos que critican a otros mientras forman parte de la oposición resultan ser ineficientes cuando han estado al poder, los votantes pueden (y generalmente lo hacen) castigar su deshonestidad en las urnas.
La prueba más dura para un político honesto llega cuando debe defender ideas que no son populares pero que son las correctas. No todos aprueban ese examen, sobre todo cuando se acercan las elecciones. No obstante, sólo los políticos deshonestos equiparan la política con la popularidad exclusivamente.
No obstante, la honestidad política no es responsabilidad exclusiva de los políticos. La opinión pública también debe desempeñar bien su papel. Después de todo es más probable que la honestidad política (y los políticos honestos) se arraigue en una sociedad caracterizada por una cultura de tolerancia, solidaridad e igualdad en los derechos individuales. Los políticos tramposos no se dan bien en ese suelo.
Ninguna teoría y que ningún análisis puede librar a los políticos del examen de conciencia, de preguntarse qué es honesto y qué no lo es a la hora de enfrentarse a una decisión política. El político honesto está dispuesto a soportar esa carga.

JGM

 

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