¡No basta sólo con poder votar! Los ciudadanos cada vez están más lejos de “sus representantes” y de la política.

Para que un sistema democrático funcione no basta con que los ciudadanos puedan votar y exista un régimen multipartidista. El voto constituye un control de los electores a los gobernantes contra la tendencia al abuso y a la arbitrariedad, pero este control resulta indirecto y su ejercicio demasiado dilatado en el tiempo. Una democracia necesita, además, otros elementos que impongan unos límites claros al ejercicio del poder y establezcan mecanismos de control permanentes:

1. La separación de Poderes entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, que posibilite unos sistemas eficaces de vigilancia mutua y control entre ellos.

2. Sistema directo de representación que exija responsabilidades a los representantes.

3. Mecanismos adecuados de selección de los políticos, obligándoles a someterse previa e individualmente al escrutinio público.

4. Prensa, radio y TV objetivas e independientes que proporcionen información veraz y no partidista interesada.
Resulta bastante discutible que el sistema político español cumpla alguno de estos cuatro requisitos fundamentales, además por si fuera poco, la separación de poderes en la práctica ha desaparecido y los mecanismos de control político no funcionan correctamente. El principio de representación apenas existe, los sistemas de selección de los políticos resultan perversos, la prensa es cada día más dependiente del poder y más alejada de la realidad del pueblo, y para rematar la faena la Iglesia Católica institucional, mayoritaria en España y demasiado influyente, ha tomado partido por la derecha más rancia e interesada.

No existe un poder legislativo independiente. Las decisiones importantes las toman las direcciones de los partidos y las trasladan al Parlamento a través de la disciplina de voto. El Legislativo no lleva a cabo las funciones que tiene encomendadas: ni controla al Gobierno, ni hace las leyes, ni ejerce la representación de los ciudadanos. No controla al Gobierno, el voto de cada parlamentario no depende de la acción del Gobierno. Las leyes las hace el Ejecutivo y ordena a sus diputados votar a favor. Si el partido del Gobierno no tiene la mayoría, suele comprar a otros partidos minoritarios nacionalistas los votos que le faltan, a cambio de concesiones.

Tampoco existe la representación directa. El sistema electoral se ha caracterizado por la ausencia de una relación directa entre elector y elegido, no se vota al candidato sino a listas cerradas elaboradas por las direcciones de los partidos políticos. No hay control, los ciudadanos no saben quien les representa en el Parlamento (nacional o autonómico). El parlamentario se convierte en una maquina de votar lo que le ordenan que vote, no ejerce como representante de sus electores sino de la dirección de su partido. Todos actúan por disciplina de voto y el elector se encuentra desamparado. En conclusión, debido al sistema de listas cerradas, el Parlamento deja de representar la soberanía popular para ser voluntad de las cúpulas de los partidos.

El vocablo “partitocracia” describiría mejor el funcionamiento del sistema político español. Se trata de una estructura política en la que son las direcciones de los partidos, que no los ciudadanos, las que deciden quiénes serán los representantes y ejercen un control estricto sobre los miembros del Parlamento, de manera que éstos no pueden tener criterio ni decisión propia. Dado que gran parte de los órganos de decisión del Estado se “nombran” por el Parlamento, esta preponderancia de las direcciones de los partidos se traslada a muchos otros órganos.

La separación de poderes desaparece, pues suele ser el jefe del partido mayoritario, generalmente también jefe del Ejecutivo, quien las toma, aunque estas instituciones sean formalmente independientes. Además, debido a que los partidos políticos prácticamente carecen de democracia interna, el Estado queda dominado por una estructura burocrática sin control interno.

Ante esta falta de mecanismos de control, la corrupción y los abusos tienden a generalizarse sin que haya forma de ponerles freno. Para ser diputado o concejal no es necesaria valía personal, profesional, confianza de los votantes, sino lealtad al líder. Se crea así una casta de políticos que hacen del cargo su forma de vida. El mantenimiento en el poder se convierte en objetivo político y la discusión entre proyectos políticos se sustituye por una lucha por el reparto de los puestos. En el caso de la prensa, el control se ejerce a través de la publicidad institucional y de las concesiones administrativas a los medios audiovisuales. La independencia de la prensa y de los medios se ha ido reduciendo de forma alarmante en los últimos años.

No son pocos los motivos para plantear, de forma urgente y sin complejos, la necesidad de acometer unas reformas que fomenten una representación más directa de los ciudadanos, garanticen una efectiva separación de poderes, provean un eficaz sistema de selección de los políticos, establezcan eficaces mecanismos de control del poder y eviten la influencia de los gobernantes en los medios de comunicación.

El ciudadano debe percibir que los políticos les representan y que su representación parlamentaria satisface sus necesidades cotidianas y no los intereses del partido, de esa manera el comportamiento de los políticos y la apreciación que el pueblo tiene de ellos dejaría de ser uno de los mayores problemas según el Centro de Investigaciones Sociológicas.

JGM

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