Maria Giralt: Capitulos sueltos1936-Segunda parte.

Nos habíamos quedado, en que Franco había llegado a las puertas de Madrid y comenzaron a disparar cañones.

“Pasada la aventura de mamá, mis padres decidieron volver a casa, y pocos días después vino tía Áurea con sus niños, porque  Argüelles recibía cañonazos a mansalva y ellos Vivian en Marqués de Urquijo. Tío Pascual se fue a casa de su hermano Julio, en la Colonia residencial, al lado de El Viso. 

No se como se las arreglaría mamá y tía Áurea con tanto crío porque además, Pitusa y Pepito vinieron de Valdemorillo.

Allí quedó Teresa la cocinera, con su hijo, Ángela la doncella y Eugenia, que estaba de vacaciones en la Cabrera, se quedó allí a cuidar de sus ovejas.

En casa  las mamás debieron trabajar de lo lindo. Supongo que yo ayudaría  pero no recuerdo nada. Los primeros llegaron a tiempo, ya que un obús entró  en el cuarto de Julito y a poco una bomba aérea destrozaba la escalera. Como Teresa, la mujer de Julio Bravo, era inglesa, después de unos meses en casa salieron en un barco inglés que les dejó en Hendaya. Tío Pascual se quedó en Madrid.

Lo nuestro era más complicado. Los tíos Rocamora estaban en San Sebastián, como casi todos los fabricantes de Sabadell; Papá no quería marchar de Madrid, y el caso de mamá era difícil a causa de sus antecedentes monárquicos.

Cuando Enrique iba a cumplir 15 años se habló de que el gobierno iba a movilizar a los chicos de esa edad. Había que hacer algo. Dio la casualidad de que alguien fue a Giralt Laporta (Valdemorillo)  a buscar un laboratorio completo (no se de qué) y pidió fuera alguien a montárselo. Como había personal movilizado, el Comité tuvo que recurrir a mi padre para montarlo. Ese día llegó tarde a casa y estábamos inquietos. Nos contó la causa y mi madre estaba indignada, “De modo que se lo lleva gratis (había pagado  con  un “vale”) y encima vas tú a montárselo”. Pero papá con su lógica habitual le dijo: “ Ya que se lo han llevado que le sirva de algo!”Por lo que resultó ser una persona influyente, que ayudó en conseguir el permiso de salida de mi madre y hermanos. Claro que los papeles necesarios no se habrían conseguido sin una carta de Enrique Castro que consiguió Emilio Nevado, uno de nuestros comunistas de la oficina, que era jefe del Radio de cuarenta Fanegas. Por cierto que Nevado fue fusilado a poco de entrar las tropas de Franco en Madrid, a pesar de los esfuerzos de mi padre por salvarle.

Conseguimos sacar de los campos de concentración a todos los obreros que habían sido movilizados y enviados al frente, pero por Nevado no se pudo hacer nada, a pesar de que ya nos conocían  bien en la Auditoria de Guerra que estaba en la Castellana, al lado de nuestra casa donde yo llevaba las cartas de mi padre reclamando la libertad de los obreros.

Según mamá, mi padre no podía quedarse solo en Madrid como él quería. Y, por otra parte, ella no se sentía capaz de viajar primero a Valencia y luego a Marsella en un barco carbonero que nos ofrecía la embajada inglesa, con un niño de dos años. Al fin yo me quedé con papá y el niño.

Ya en Marsella había un servicio de ayuda que recibió a mamá, con Enrique y Pitusa y los llevó a San Sebastián.

El resto de la guerra lo pasamos sin agua caliente, sin jabón-había un saco de sosa Solvay junto al lavabo, y otro en la cocina-y casi sin fluido eléctrico. Para cocer las lentejas diarias había  que encender un hornillo muy temprano y no encender la luz.

La comida era cuestión de papá. No sé como lo hacia, pero nunca nos faltaron las lentejas. El iba todos los días a la oficina y siempre llevaba un taleguito doblado en el bolsillo porque a veces había un carro de algún campesino vendiendo verduras y él se ponía en la cola. Venia con dos o tres cebollas o algún tomate o patata.

Para alimentar a Pepito hubo una suerte inesperada. Un gran camión de la Subsecretaria de Armamento paraba delante de casa todos los días para dejar una botella de leche de oveja. Resulta que una familia de Valdemorillo que se habían refugiado en Valmayor tenía algunas ovejas y se acordó de mi hermano pequeño.

Como el gobierno había quedado sin fábrica de vidrio en su zona, pidió a mi padre que montara una, cosa que él aceptó, siempre y cuando se le facilitaran los elementos necesarios.

Decidieron pues, trasladar toda la maquinaria de la fábrica que había resistido las bombas, a un almacén de Madrid Los camiones tenían que pasar por El Escorial y, en  Valmayor había una niña sentada en la tapia esperando a que pasaran para dar al chofer la botella de leche. Nuca supimos qué familia nos había hecho este favor, cuando quisimos darles las gracias.

Hubo una temporada en que papá y yo cogíamos el tranvía de la Castellana. “Bombilla-Hipódromo” se llamaba, y tomábamos una taza de té, los domingos, en casa de Julio Bravo. Allí estaban también tío Pascual, al que el gobierno había nombrado Director Gral. De Bellas Artes.

Estos tes en casa de Julio duraron poco, porque Teresa dijo que estaban vigilando su casa y tenia miedo. Con razón, por que su casa daba a la plaza de la Republica Argentina y enfrente había un terraplén donde mataban gente casi todas las noches.

Decía Teresa que, a veces, quedaba alguien vivo que oía quejarse durante toda la noche; en ese caso lo remataban de madrugada, cuando venían con un  camión a recoger los cadáveres. Solían ser la FAY la que hacia esto.

Papá iba todos los días a su despacho, oficialmente como asesor del Comité. En realidad trabajaba en el diseño de una nueva fábrica y por medio de algunas embajadas (recuerdo la de Noruega) escribía a los fabricantes y estudiaba las características de cada máquina. Él sabia que tendría que hacerla en Madrid, pues depender de la estación de El Escorial era un gran inconveniente. Precisamente, Valdemorillo había tenido que parar la producción de vidrio al ganar las elecciones la izquierda. El alcalde comunista de El escorial, Carrillo (nada que ver con Santiago). No permitía la descarga de los vagones de Giralt Laporta porque los obreros no estaban sindicados. Mi padre les insistía para que lo hicieran pero se negaban a tener que “obedecer órdenes de fuera.

Los problemas de los mineros de Asturias, por ejemplo, no tenían nada que ver con ellos, y sabían que dejar apagar un horno de vidrio en fusión, suponía  su obligada destrucción, laboriosa y muy costosa.

Los mítines de Dolores Ibarruri, La Pasionaria, que no sabia nada de vidrio, fueron contraproducentes pues les llamaba “gallinas” y salían furiosos. Al fin se hicieron de U.G.T. y fue la última fábrica de la provincia de Madrid en sindicarse. La guerra estaba apunto de comenzar. La mayor parte de ellos fueron movilizados y el resto se refugió en las fincas huyendo de los bombardeos del pueblo.

En noviembre del 36 Franco llegó casi a Madrid, a la Ciudad Universitaria, y fue rechazado, se estableció un frente por Brunete, no sé muy bien dónde, pero el trayecto de Valdemorillo a Madrid era peligroso.

Mientras tanto Tío Juan lo pasaba mal en Valdemorillo porque iban milicianos en busca suya. Había hecho campaña por el CEDA ((Gil Robles) durante las elecciones y tenia que esconderse en un horno de porcelana con caja de galletas y botella de agua por si la cosa duraba. Los obreros lo tapaban con cajas  de refractario. Al fin decidió irse a Madrid escondido en un camión de colchones, llevaba una gallina para tía Marita (que aún no se había ido, pero tuvo que retorcerla el pescuezo por ponerse a cacarear al llegar a un control.

No sabíamos nada de lo que ocurría en el resto de España, ni en el extranjero, las radios estaban interferidas y apenas si podía oírse la BBC  por la noche, o Radio Sevilla donde hablaba el General Queipo de Llano dando ánimo. También, no sé en qué emisora lo hacia el Tebib Arrumi, que además de ser el critico musical de ABC comentaba todas las noches la marcha de la guerra, denunciaba canalladas de Rusia o de los rojos. Etc. Etc. Era el abuelo de Alberto Ruiz Gallardón.

Hoy en día el nieto contra Franco, Él, su abuelo lo ensalzó.”

Continuará…

 

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