Un Embajador para un pueblo (Por Carlos María Brú)

Fernando Morán López, natural de Avilés, ha conservado siempre la textura de buen asturiano que, desde la ideología liberal de Jovellanos al costumbrismo crítico de Leopoldo Alas (Clarín), comportan la égida de un “paisianismo” consciente de sí, comprometido con la España de que forma parte, entregado intelectualmente a Europa y abierto –naves, energía, exportación, tecnología- al mundo.

Diplomático desde muy joven, antifranquista manifiesto, amigo y discípulo de Enrique Tierno, en sus diversos cargos diplomáticos manifestó su buen hacer, su sacrificio personal al ser en tantas ocasiones dado de espaldas por sus compañeros de profesión en represalia a sus actitudes políticas, y sus dotes literarias que le llevaron a novelar países, épocas, acontecimientos.

(Prueba de su desafío al Régimen fue su firma en 1.962 en el Documento/base  del el “Contubernio” de Munich, en el que el firmante de estas líneas participó en persona).

De su capacidad narrativa –he leído varios de sus novelas y cuentos- quiero destacar un episodio cuya lectura me emocionó: en “El Profeta” cuando nos cuenta cómo, en la Sudáfrica del apartheid, un boer se quita el susto de haber equivocadamente disparado a un orangután perteneciente a una raza en extinción ¡cuando descubre para su contento que el muerto era simplemente un humano de raza negra!.

Tras la victoria del PSOE en las elecciones de 1982, fue nombrado Ministro de Asuntos Exteriores, cargo que desempeñó con tanta altura como bajeza demostró la vil campaña de los “chistes” alusivos a su persona: campaña de efecto boomerang cuando se descubrieron su origen y mecanismos

El Ministro Morán ejecutó con inteligencia y habilidad tareas diplomáticas tan difíciles como asentar los resultados del referéndum positivo sobre el ingreso de España en la OTAN –a cuya política colaboré modestamente por mi condición de miembro de la Comisión de Exteriores en el Congreso de Diputados- y, sobre todo el ingreso de España en las entonces Comunidades Europeas.

Todos sabíamos que este problema se había enconado durante la anterior etapa gubernativa de UCD, por la oposición francesa por motivos de competencia agrícola, pero la gestión de Fernando fue activa y exitosa. Ello, en parte, se debió a la sesión de dos días enteros que él y su mujer Mari Luz Calvo-Sotelo Bustelo pasaron en la casa de campo que el Ministro de Asuntos Exteriores francés, Cheysson tenía en el País Vascofrancés. Allí, mientras las cónyuges visitaban verdes colinas y viejos caseríos, ambos responsables políticos discutieron a cara de perro los puntos pendientes: hubo solución.

Y aquí la anécdota: desde Francia volaron Mari Luz y Fernando a Bruselas, donde él debía culminar sus gestiones de alto nivel. Con lo que no contaba era con que un grupo de españoles y españolas, conocedores de la noticia, esperábamos en el aeropuerto de Zaventen a la pareja. Y cuando subían por la rampa arrancaron 40 o 50 voces a cantar “Asturias, patria querida…” (aún lo recuerdo con emoción).

Meses después, Fernando firmaba en el Palacio de Oriente, con las altas Autoridades del Estado y las de la Comunidad Europea, el Acta de Adhesión.

Siguió su ministerio, tiempo después y por decisión no sé si acertada pero respetable del Presidente del Gobierno, Fernando fue sustituido en Exteriores por otro gran Ministro, Francisco Fernández Ordoñez, y sé de buena fuente que el día de su despedida un altísimo número de diplomáticos y funcionarios se asomaron a las balaustradas del patio interior del Palacio de Santa Cruz entonando la misma canción.

Ejerció posteriormente delicadas e importantes misiones, entre ellas la de Embajador de España ante Naciones Unidas. Tuve posteriormente la satisfacción de compartir escaño con él en el Parlamento Europeo, donde ejerció una relevante actividad, y más tarde tuve el honor de presidir un comité de personalidades de la cultura en apoyo a su candidatura para la Alcaldía de Madrid, candidatura que consiguió elevar la representación socialista en el Consistorio.

No me extiendo más, sería inacabable la reseña, pero cabe consignar que sus novelas, sus ensayos, sus textos políticos entre los que destaca el tan reeditado “España en su sitio”, acreditan una personalidad por encima de lo común en servicio de sus ideales, de sus compromisos políticos, de su familia, de sus amistades, en general, de España, Europa y la Comunidad Internacional.

Pero muy entrañado en lo suyo, desde Avilés hasta los madriles. Por eso, recordando a Buero Vallejo, he titulado esta nota como “Un embajador para un pueblo”.

Embajada (viene del latín agere) comporta representación, gestión, negociación, pero sobre todo entrega.

La vida de Fernando Morán es la de una entrega total e incondicionada a todo aquello por lo que merece la pena vivir.

Carlos Bru Purón

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s