María Giralt:Paseos por la memoria-5 (Coordinado por Pilar Hiruela)

Recuerdo que hubo un intento por parte de la administración de que se reconstruyera la de Valdemorillo el gran inconveniente como ya hemos hablado era la dependencia de la estación de ferrocarril de El Escorial para el volumen de materias primas que necesita tanto el vidrio como la porcelana.

Mi padre  encontró en Villaverde un terreno con apartadero de ferrocarril y esto daba las perfectas condiciones para hacer una nueva fábrica moderna a la cual se trasladó  la gran parte de obreros de Valdemorillo.

Durante algunos años me incorporé al trabajo de mi padre que fue, como uno puede imaginarse, bastante duro, con la firma completamente arruinada, ya que el personal de Barcelona y el de Madrid habían vivido de las ventas de material científico de los almacenes y se dependía de los bancos. Pero mi padre tenía un buen prestigio con ellos y no le faltaron créditos.

Oí una vez a mi padre decir que las hijas no debían ayudar a los padres porque acaban casándose y marchándose. Así fue mi caso, pues después de seis meses de noviazgo con Arturo Fierro- según me decía, su padre Ildefonso Fierro era el hombre más rico de España después de Juan March y de aburrirme  muchísimo con él, que opinaba que los libros que yo encargaba en Portugal a su hermano Alfonso o la pintura y escultura que a mí me fascinaban eran pamplinas, mi madre se dio cuenta de que yo estaba feliz cuando Arturo se iba de viaje y me aconsejó dejarle. Así lo hice; pero su padre ya había comprado la casa del Escorial lindante con la nuestra y estaba empeñado con casarme con su hijo mayor  Alfonso y durante años conservamos muy buena amistad.

Después de un viaje a Estados Unidos a la boda de mi prima Pachi en Nueva York y de pasar allí seis meses apasionantes para mí, saliendo de la tristeza de la posguerra española. Conocí a Fernando Baeza que era exactamente lo contrario a Arturo Fierro, ya que para él no existía otra cosa que la literatura, el arte y, por supuesto, la política. Pero era difícil casarme con él porque en su edad militar estaba en Méjico y no se acercó por el consulado para hacer los trámites necesarios para tener pasaporte, pero la UNESCO le ofrecía un buen trabajo y gracias a la amistad con los Baroja y con la ayuda de Pío Caro pudo pasar la frontera por el monte saliendo de Itzea, una casona que compró Pio Baroja en 1912 enclavada  en el barrio de Alzate y pegada a Francia, hoy en día convertida en una magnifica biblioteca con más de 30,000 libros todo un referente para la cultura vasca.

 Como decía, pudo salir por ahí. Por mi parte, para reunirme con él al decidir casarnos tuve que apuntarme a una expedición a Lourdes de la que me separaba en la frontera y tomaba el tren a París, ya que era el año 1951 y no se podía salir de España  más que “a forfait”, palabra francesa asignada a abonos deportivos.

Para mí comenzó una etapa en mi vida completamente distinta ya que París estaba brillante en esa época y eran frecuentes las visitas de amigos de los Baeza de todos los países, pero siempre del mundo intelectual. Fueron años sumamente interesantes durante los que perdí de vista Giralt Laporta.

Mi abuelo, en su testamento, dejaba el negocio en manos de sus tres hijos, mi padre José María, Jesús y Juan, pero todos los lugares en que se asentaban, tiendas, almacenes, edificios, incluso solares quedaban proindiviso entre sus nueve hijos y algunas de las tías reclamaron la división. Así se hizo y por cierto me enteré en París de que se había vendido la casa de la Gran Vía donde yo nací y durante muchos años había estado el enorme almacén de Giralt Laporta. No sé si a raíz de esta división Giralt Laporta se dividió en dos quedando el vidrio de Villaverde en manos de mi padre y todo el material de porcelana en manos de mi tío Juan que, asociándose  con su cuñado el arquitecto Pascual Bravo San Feliú y uno de los Seglas asturianos instaló una excelente Fábrica de porcelana en Madrid. A pesar de que he visto magnificas piezas para la industria eléctrica hechas en esta fábrica (algún ejemplar hay en el Museo de Valdemorillo) y quizá por la influencia de sus socios a los que ilusionaba el hacer preciosas vajillas, la fábrica fracasó y tuvo que cerrar.

 

Tío Juan, que era un excelente técnico al que perseguía la mala suerte, había  inventado  un ladrillo para construcción a mi juicio sensacional (yo andaba construyendo naves en Algete a raíz del fracaso de la editorial Airón que habíamos iniciado a nuestra llegada de París, en parte debido a la censura y al no tener suficiente dinero) tenia mucho conocimiento de los materiales de construcción y el invento de tío Juan permitía hacer los muros exteriores incorporando un aislante que evitaba la doble pared que era como aislamiento de los edificios. Tío Juan fue a Brasil esperando encontrar allí  algún socio para explotarlo y no puedo decir gran cosa de todo este tiempo por mi vida en París que se había desligado de todo esto.

Mi padre murió en el año 57 de un largo cáncer de páncreas y yo esperando a mi segunda hija a mi regreso de París, iba sin embargo a verle casi todas las tardes encontrando siempre, con sorpresa por mi parte, a su lado a mi tío Santiago Rocamora, hermano de mi madre, que era un gran coleccionista de antigüedades (de las que no sabia gran cosa pero le deslumbraba la cerámica de reflejo metálico hispano-morisca que había conocido por un plato que mi madre le compró en Salamanca y eso hizo que pasara el resto de su vida coleccionándola). Las reuniones en su casa de San Cugat del Vallés, de los técnicos de la época, Gómez-Moreno, Ferrandis, Ainaud de Lassarte, etc.. Al rededor de una mesa tratando de datar una pieza, era para mi más apasionante que cualquier otra cosa.

A la muerte de mi padre, Enrique  tomó las riendas de Giralt Laporta sin hacer el menor esfuerzo por incorporar a su hermano Pepe, igualmente heredero, al funcionamiento del negocio, dedicándole a trabajos nimios y sin incorporarle a la dirección. Pepe era consciente de esta situación y, con mucha afición a la aviación pudo iniciar la carrera con excelentes resultados y cuando tuvo suficientes horas de vuelo empezó a hacer gestiones para entrar en Iberia.

A pesar del magnifico equipo de gente que mi hermano Enrique heredaba de su padre y que hacia funcionar Giralt Laporta casi solo, tuvo miedo a tanta responsabilidad y puso la sociedad en venta. Todo esto sin consultar a Pepe ni a nadie. Estuvo en Italia hablando con la Montsalto y en Estados Unidos  donde llegó a un acuerdo con la Owlls Tllimois de Toledo (Ohio) por una cantidad de algo más de 600 millones de Pts.. Naturalmente Pepe se olvidó de Iberia y lo que hizo fue comprarse primero una avioneta Jodel y luego una Piper con la que nos llevó a algún viaje a Fernando y a mí y se dedicó a la buena vida viviendo en  la casa que habíamos comprado en el campo y otra casa en Ibiza, una preciosa canoa, etc..

Es muy difícil enjuiciar una época pasada ya que cada uno actúa según sus “causas y condiciones”, pero he ahí el final de Giralt Laporta, que con las otras dos fábricas, una en Barcelona (Crimsa) y otra en Alcalá de Guadaira  pasaron a manos americanas y según tengo entendido se hallan ahora en manos francesas.

Se suele decir que las empresas familiares duran tres generaciones y así ha sido.

Después de un periodo largo de ausencia de Valdemorillo  retomo otros momentos no menos interesantes de mi vida para contar.

El hecho de tener una vida larga tiene el interés de poder constatar las consecuencias que pueden derivarse de tus propios actos, de cosas que has hecho espontáneamente, sin pensar en la repercusión que puedan tener.

Es el caso del libro sobre la cerámica de Valdemorillo que escribí en los años 90.  En la “Introducción” explico las causas que me llevaron a hacerlo, que no   eran otras que llenar un vacío en la historia de la cerámica en la España del siglo XIX, Donde sólo se mencionaba la fábrica de Falcó como “esa desconocida fábrica”.

Durante la recopilación de datos que fue bastante trabajosa, comuniqué con la sección de publicaciones de la Comunidad de Madrid, no recuerdo para qué, y tropecé con alguien sumamente  interesado por mi trabajo y que me pidió le llevara el libro para publicarlo enseguida. Le prometí hacerlo cuando lo acabara.

Pero tardé bastante porque todo se me complicó al encontrar datos interesantes sobre la historia del pueblo y añadir capítulos, con lo cual dio tiempo para que cambiara el jefe de publicaciones de la Comunidad, y al nuevo, un tal Castillo, no le interesó publicarlo.

Aunque me sorprendió mucho, me dí cuenta de que el capítulo referente a la arqueología suponía un implícito reproche a los arqueólogos madrileños, ya que había encontrado diversas referencias a este lugar, la más importante en las crónicas “Relación-histórico –geográficas” de Felipe II, describiendo  las ruinas de “una ciudad muy antigua que debía ser grande por tener mucho circuito de edificaciones”,  y averiguar que el Sr. Castillo era arqueólogo.

Debido a mi larguísima ausencia de Valdemorillo, al decidir hacer este trabajo no conocía a nadie en el pueblo, pero recordaba algunos apellidos y algunas casas que yo frecuentaba de pequeña. De modo que me dirigí al bar de la plaza preguntando a su dueña, que resultó ser hija del jefe del taller mecánico de la fábrica, Esperanza Muguerza. Pregunté por la familia Suja y ella me dio la dirección de Enrique Suja, al cual hablé de mi proyecto que acogió con tanta simpatía que resultó una ayuda impagable, por ejemplo no sólo para localizar piezas de la fábrica, sino para hacer indagaciones de los lugares arqueológicos mencionados en la crónica de Felipe II, por su excelente conocimiento de los campos del término de Valdemorillo.

Resultó una tarea apasionante que llevó bastante tiempo pues aunque desaparecidos los restos de edificaciones, los resultados fueron muy interesantes. No sólo trechos de Calzada Romana, luego Camino Real, sino cantidad de restos cerámicos que llevé  al Museo Arqueológico para que Zozayas me confirmara su origen.

Por aquel entonces, comenzó una gravera a levantar toda esta gran parcela colindante con el río Aulencia y pude contemplar, cuando Enrique Suja me avisó. Cómo las excavadoras habían dejado al descubierto un esqueleto al dejar caer una laña lateral de piedra de lo que constituía el sepulcro. Había caído también la mano derecha y sólo pude recoger sus metacarpianos, lo único que estaba a mi alcance ya que el corte del terreno tenía por lo menos 6 metros de altura. Estaba claro que aquello era una necrópolis y no sólo visigótica sino también romana según Suja pudo comprobar en visitas posteriores.

Cuando pensaba qué hacer con mi libro, supe que Adrian Piera era Presidente de la Cámara de la Industria a la que mi padre siempre perteneció y le llevé el libro que acogió con gran interés.

Curiosamente, pude comprobar que Valdemorillo no era consciente en absoluto de su brillante pasado gótico, que se me iba revelando a medida que indagaba y que debió terminar, sin duda, con la construcción del Monasterio  de El Escorial, que originó conflictos entre Valdemorillo y la Casa Real al perder el pueblo muchos terrenos y mucho agua.

No repetiré aquí detalles que constan en el libro, pero que sirvieron para despertar en el pueblo el interés, muy activo últimamente, por su pasado.

Lamento mucho decir lo que luchamos por detener esa gravera. Visitas y cartas a la Comunidad de Madrid por mi parte y también por la de Suja, resultaron en vano, sin duda por el hecho de encontrarse este lugar en la conjunción de los términos de Valdemorillo, Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo, todos ellos con alcaldes, si  no de la misma familia, sí del mismo apellido, Partida, y uno de ellos cuñado del dueño de la gravera.

También organicé una entrevista de la alcaldesa de Valdemorillo con la dirección del Patrimonio de la Comunidad pero fue inútil.

Al manejar los datos sobre los alcoreños que fueron a Valdemorillo, siempre me encontraba con la tradicional afirmación de que Alcora trabajaba al estilo francés, lo que me chocaba al comprobar en la literatura extranjera la gran influencia de Alcora, no sólo técnica sino también en los temas decorativos, que se extiende por Europa como “estilo Ponpeyano”, invadiendo techos y paredes,  En la cerámica se le llamó, en España especialmente, “estilo Ollerys” debido a un chico francés de este nombre contratado por el conde de Aranda y que resultó un hábil dibujante, fundando luego su propia fábrica en Moustiers, donde repitió todas las piezas de Alcora hasta el punto de confundirse su origen. La publicación a gran formato de los temas de Pompeya y Herculano durante el reinado en Nápoles del rey Carlos III, contribuyó a su gran difusión.

Decidí suspender la búsqueda de datos de Valdemorillo que habría hecho mi libro interminable. Me quedé con la curiosidad de conocer las razones de la completa destrucción de la población gótica, que alguien conseguirá indagar sin duda algún día.

MGR

 

 

 

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