Empleador y empleo (Por Rafael Guardiola)

A propósito de la reforma laboral, que tan mala acogida ha tenido entre los trabajadores y sindicatos, se me ha ocurrido volver a recordar lo que todos sabemos y nadie menciona, sobre las relaciones entre empresarios y trabajadores en su manifestación más razonable y razonada. Durante más de treinta años la concordia entre ambas colectividades ha sido un hecho favorable para la enorme expansión de la economía española; salvo las pequeñas diferencias que haya podido haber en casos puntuales, las relaciones han seguido un camino conciliado y por lo tanto productivo. Es cierto que entre unos y otros están las diferencias que a veces han conducido a la invasión de las calles por protestas concretas y hasta por alguna huelga general, incluidos periodos críticos, aunque no tan profundos como el que estamos viviendo, pero que sino a todos, siempre han perjudicado a muchos. La intervención de los sindicatos han sabido allanar esas diferencias, cediendo de una parte y de otra, con lo que se establecía un cierto equilibrio entre el poder empresarial y el laboral. Nada tengo que decir de la organización interna de los sindicalistas, que tan criticada ha sido por el empresariado, sobre todo a nivel de las delegaciones de empresa, porque desconozco tanto los derechos reconocidos por las leyes laborales  y los condicionantes de los convenios colectivos, que tan bien han ido como garantía de los derechos y salarios mínimos en cada puesto específico de trabajo. El no decir más
está justificado por el desconocimiento de las relaciones entre empresa y grupo sindical del que tengo poca noticia.

La reforma decretada por el Gobierno ha roto la relativa equiparación de fuerzas entre ambas partes, siendo los trabajadores los perjudicados, sobre todo los que más tiempo llevan trabajando en la misma empresa. Pero no solo estos, sino todos en general, incluidos los que hoy carecen de trabajo.

Se oye y lee en cualquier medio de información que los que crean el trabajo son los empresarios y por eso el Gobierno trata de darles ventajas en esas relaciones que ahora están en juego, bastante desigual en cuanto a sus reglas, pero a lo que voy es a tratar de definir cual es la naturaleza de la acción empresarial. El empresario idea y perfecciona un proyecto de empresa, calcula la proyección que puede tener en el sector del mercado que pretende con los medios que tratará de conjuntar para el desarrollo del proyecto: Capital, técnica, servicios comerciales, capacidad gerencial, empleados, beneficios proporcionales al capital invertido entre los que debe considerar coste del personal, seguridad social, impuestos, amortización de la instalación, etc. Si llega a considerar viable su proyecto, busca la financiación del mismo, sumando el capital y el crédito a conseguir, estos dos últimos capítulos son previos a la constitución de la empresa y están relacionados con la confianza y crédito que le puede conceder la calidad del proyecto y la capacidad, probidad y talento del empresario. La gran ayuda de la Ley de Sociedades Anónimas es determinante al interés que los capitalistas pueden tener en su inversión.

Solo cuando todos los factores están controlados y disponibles, el empresario pondrá en marcha su proyecto y como estábamos en el tema laboral, volvemos a él. El empresario  OFRECE en el mercado laboral los puestos de trabajo que ha calculado le son precisos para obtener los fines que pretende. Como recalco una vez más el empresario no crea puestos de trabajo, los ofrece con arreglo a sus necesidades y debe conocer sin duda la cuantía que ya tiene calculada para esta importante componente de su negocio, tendiendo en cuenta la valoración de los puestos de trabajo que el sector tiene comprometido con los sindicatos a través de los convenios colectivos y no puede valorar de forma diferente el costo de los diferentes puestos de trabajo. Es obvio que si el empresario en su proyecto constata que no puede pagar los salarios comprometidos en el convenio colectivo, sin poner en riesgo  su productividad, su proyecto no es viable y tiene que reformarlo o renunciar al proyecto.

La obligación del Gobierno en tiempos extraordinarios como los que vivimos hoy, consistiría en ofrecer a los empresarios, con proyectos viables, ventajas en la
fiscalidad, sobre todo en apoyos para la exportación y algunas cosas más que son de la responsabilidad de los gobiernos, pero no puede ofrecer ventajas a los empleadores a costa de los empleados, cuyos intereses no están a la disposición del gobierno. Por otra parte la liberalidad que ofrece la reforma para que cada trabajador negocie con su empresa las condiciones de su empleo, es a todas luces un abuso en la adjudicación de ventajas en los momentos críticos, a favor de los empleadores, porque la tasa de desempleo y el tiempo que dura esta crisis pone al trabajador en la indefensión para negociar. Lo que necesita es el trabajo y cobrar todos los meses.

 

RGH

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