Capítulos sueltos: Mis recuerdos de los Baroja (Por Maria Giralt Rocamora)

Acaba de morir Julio Caro Baroja, era Agosto de 1995 en Madrid. “ABC” publica un cuadernillo con fotos de distintas épocas y artículos de toda clase de académicos que, como es natural, cada uno le ve a su modo, aunque todos destacan su sabiduría como antropólogo, etnólogo, sociólogo, historiador, etc, etc. Por supuesto su mérito consiste en la mezcla de todas esas disciplinas que le hacia examinar el mundo desde su punto de vista más global y más vivo que otros eruditos. El comentario que más me gustó del cuadernillo de “ABC”, es el de Antonio Mingote, quizá el más breve.

Al leerlos he ido recordando los contactos que tuve con la familia Baroja iniciados por María, mi suegra, que tuvo una gran amistad, desde soltera, con Carmen, la hermana de Pío Baroja. Pasó temporadas con ellos en “Itzea”, su casa de Vera de Bidasoa y me contó cómo pasaban las veladas alrededor de la mesa del comedor, Pío escribiendo o leyendo, Julio lo mismo, Ricardo dibujando y Carmen bordando o andando con encajes, de los que hacia colección.

Cuando Fernando mi marido marcho a París a tomar posesión de un puesto en la UNESCO, al carecer de pasaporte tuvo que pasar la frontera por el Monte de Vera de Bidasoa. Yo iba alguna tarde al té de mi suegra (futura) en el Viso, y un día me pidió la acompañara a la tertulia de Pío Baroja adonde ella acudía con frecuencia, en la calle Alarcón. No recuerdo mucho de aquella visita: sólo el ambiente decimonónico del piso, sofá isabelino, lámpara con flecos sobre la mesa del comedor, etc.

La “base” de su tertulia la constituían dos personas curiosas, que apenas hablaban y parecían formar parte del mobiliario de la casa. Eran el doctor Val y Vera y un tal Casas, funcionario del Banco Hipotecario. No sabría decir qué edad tenían, y su aspecto no tenia nada de particular, salvo que Val y Vera llevaban siempre puesto un “fez” rojo con borla negra, así como D. Pio llevaba siempre su boina. Lo que me hace pensar que no encendían calefacción. No lo sé porque nunca me quité el abrigo pero D. Pio llevaba zapatillas de fieltro a cuadros, sujetas con una goma, y una gruesa bata de casa.

No solía haber mucha gente. Luego resulta que todo el mundo había estado en las tertulias de D. Pío y contaban anécdotas y ocurrencias suyas. Lo que, por otra parte, no me extraña pues la verdad es que aún recuerdo cosas suyas a pesar de haber ido muy pocas veces. Y es que tenía ese aire de caer de las nubes que también tenia Julio- y una cierta ingenuidad simpática.

Un día que estábamos solamente María y yo (aparte de Val y Vera y Casas) sacó un montón de dibujos suyos que había hecho en su juventud, junto con otros de su hermano Ricardo. Le debí elogiar alguno porque me dijo con aire triste: “yo podía haber sido un gran pintor…”. Para consolarle  de su frustración le dije, “! Don Pio, no puede decirse que Ud., se haya malogrado!” Tardó un momento en darse cuenta de que era un célebre escritor y dijo: “Es verdad”. Y me contó que sólo había escrito para ganar algo de dinero. Le publicaba su cuñado, Caro Raggio, que tenía una pequeña editorial.

En realidad Julio Caro tenía más antecedentes italianos que vascos. La madre de D. Pío se apellidaba Nessi, y Caro Raggio, su padre,-era italiano de padre y madre.Yo achaco a toda esta sangre italiana esa especie de escepticismo de los Baroja que parecía reírse de todo y no acabar de creer en nada.

Un día acudió a la tertulia Gonzalo Menéndez Pidal armado de una grabadora. D. Pio la miró y repasó con curiosidad y dijo: “!hay que ver qué cosas inventan!”. Gonzalo la puso junto a él y le pidió contara algo. No sabia qué cosa contar y Gonzalo le sugirió “algo de su estancia en París, por ejemplo. Usted conoció allí a Oscar Wilde ¿no es así?”.- “! Ah, si!”,  Oscar Wilde; era un tipo muy raro.  ¡Tenia unos pies enormes! ¡y unas manos muy grandes y las orejas!. Era muy raro”.

Sin duda, como D. Pío no hablaba inglés, la relación debió ser casi inexistente. A continuación, y olvidándose por completo-creo-de la grabadora, contó un paseo por París con los hermanos Machado. No recuerdo el barrio que mencionó, pero pasaron por una calle donde había un grupo de gente a la puerta de una casa, con policía que discutía con unas mujeres que estaban en el barcón.

Uno de los Machado, creo que Manuel, dijo: “Yo voy a ver qué pasa”. D. Pío le advirtió: “Tenga usted cuidado, que nunca se sabe…”. El caso es que aquello era una casa de citas, y las mujeres, furiosas con la policía, sacaron orinales y los vaciaron sobre la gente que había abajo. El pobre Manuel Machado se reunió con ellos en estado lamentable. Ignoro si se conservará esa cinta grabada.

Ernest Hemingway sentía una especie de fascinación  por D. Pio y acudía a visitarle cuando venia a Madrid. Hablaban poco, ya que el español de Hemingway era muy escaso, pero se intercambiaban regalos. Hemingway le traía una bufanda  y D. Pío le regalaba unos guantes, por ejemplo. Él estaba en Madrid el día que murió Baroja y acudió enseguida a la casa. Cuando María y yo nos fuimos, él aún seguía allí con Julio.

Julio había llamado a María cuando ocurrió la muerte, y ella me llamó para que la llevara en coche. Pasamos por un florista y cuando llegamos estaba D. Pío en la cama, arropado, y me extrañó verle sin su boina. Pusimos orden en la habitación, ya que los fotógrafos iban a entrar enseguida. A mi me obsesionaba un enchufe de porcelana que había en la pared encima de la mesita de noche, con un cordón viejo, y que no hubo manera de disimular. Salió en todas las fotos.

Varios escritores presumían luego de haber sido “el primero” en llegar a casa de D. Pío el día de su muerte. Entre ellos Camilo Cela, pero puedo decir que mienten, yo sólo vi. a Val y Vera y Hemingway. No hablé nada con éste, pero en el entierro tuve un intercambio de miradas con él, sumamente simpáticas. Cuando los enterradores bajaron el féretro al sepulcro, Julio se acercó con aire solemne, y, antes de que comenzaran a cubrir de tierra, sacó un frasco de su bolsillo y vertió el contenido en la tumba. Comprendí que era tierra vasca. Pero lo gracioso es que esa entrañable tierra vasca estaba en un frasco de sal de frutas ENO. Este detalle tan “barojiano” me produjo verdadero regocijo y me volví rápidamente para comentarlo con Fernando. Pero Fernando no estaba allí, y en cambio, estaba Hemingway que también había captado el detalle y me miro con ojos chispeantes, encantado de compartir su gozo con alguien. Curiosamente la gente de alrededor estaba toda seria y nadie se había fijado.

En los días siguientes María iba a la casa ayudando a Julio. Tuvieron que mirar todos los libros uno por uno, en busca del dinero que D. Pio, en vez de enviar al Banco, escondía en los libros.

Meses después, cuando Fernando preparaba la publicación de “Baroja y su mundo” hicimos un viaje a Vera de Bidasoa mi hermano Pepe, Julio, Fernando y yo. Vimos con detalle la casa de Vera, Itzea, que no estaba tan cuidada como la ha puesto Julio. Pude ver el comedor de que hablaba mi suegra con la gran mesa junto a la chimenea, y recuerdo la lámpara, con faldas de tela, costumbre antigua para evitar el descubre de las bombillas. Me gustó el estudio. Algo desordenado, entonces, con el tejado sostenido por un árbol que quedaba en medio de la habitación y que supongo continuaba hasta los cimientos. Era una casa agradable. Quise descansar un rato a la hora de la siesta y Julio me condujo a una habitación muy ordenada, en cama metálica y un papel bastante llamativo en las paredes. El balcón daba Al campo. Dormí una siesta de lo más apacible. Luego me dijo Julio que era el dormitorio de su tío D. Pio.
                Creo que el atractivo de los Baroja era su “ensimismamiento”.

Continuará.    
                  

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