El sustantivo “libertad” deriva del latín libertas y del del adjetivo liber. (Por Jesús González)

Con el tiempo descubres capacidades de decisión afectas a tu libertad, te sientes especialmente sensible para conocer, como ciertas personas nos pueden atar por intereses ajenos.  Enfrentarse a esta realidad supone un esfuerzo difícilmente asumible por ser sensibles a un entorno sociológico dominante del que somos culpables.

Crecemos creyendo que esta distinción se hace por factores ambientales que determinan nuestra suerte, pero algunos descubren, en lo que para ellos es una revelación revolucionaria que, lo de verdad importa son las actitudes personales, los condicionantes internos. En relación a como nosotros nos comportamos con la realidad, esta nos ubica. Aquellas personas que tienen varias posibilidades para analizar la situación en la que viven se las ha llamado flexibles, tolerantes, creativos, etc., pero al final vemos que en esencia no son libres. Y esa dependencia la expresan en todas sus decisiones, en todas sus conductas y en todas las situaciones a las que se enfrentan.

Aquellas personas que sólo tienen una forma de analizar la realidad acaban siendo esclavos de su “incapacidad”, pues dependen de ella para defenderse de un mundo que entienden como hostil. Ellos nunca aprenden, es su realidad la que debería cambiar. Y su esclavitud se perpetúa. Cuánto cuesta ser libre! Libre para inventar y para jugar con las palabras, libre de la ansiedad por gustar, del miedo a la crítica, del empeño en adaptarnos a lo que desean de nosotros los demás, en vez de luchar por lo que nosotros deseamos. Creo que la madurez pasa obligatoriamente por esa dificilísima libertad interior, un estado de gracia quebradizo que uno puede perder en cualquier momento.

La capacidad del individuo para tomar sus propias decisiones se ve con frecuencia interferida y restringida por los demás, tanto en los sistemas políticos, como por otras solicitudes religiosas y sociales, incluidas los amigotes, la familia e incluso la propia pareja. La falta de libertad provoca frustración e infelicidad, cohíbe la iniciativa y la creatividad, frena el progreso y disminuye la eficiencia; por todo ello constituye  un problema: la traba de la libertad, que es el inconveniente práctico de cómo conseguirla e incrementarla. Fuera de la política hay otros modelos más atractivos, como la ciencia o internet, pero de momento cualquier solución política al problema de la libertad pasa por alguna versión de la libertad democrática.

No encuentro razón alguna para aceptar el determinismo metafísico. Desde una apariencia científicamente razonable, el estudio de la determinación ha de ser encarado de modo local y a posteriori, averiguando empíricamente en cada caso si está determinado también por nuestra voluntad, de la que de todos modos conocemos muy poco y  del que nuestras experiencias nos informan cada día.

Soy libre en la medida en que pueda hacer lo que quiera, en que los demás no me impidan hacerlo. Esto no tiene nada que ver con la cuestión teórica de hasta qué punto y por qué factores esté determinada mi voluntad. El postulado teórico del libre albedrío fue introducido en el contexto de la teodicea cristiana – musulmana: ¿cómo combinar la omnipotencia divina con la responsabilidad moral humana? Si todos, incluso los falibles, hacemos lo que Dios quiere, ¿cómo es que Dios nos castiga por nuestras faltas, cuando en definitiva él mismo ha decidido que los hagamos? La solución estaría en el libre albedrío, que Dios nos habría dado para poder castigarnos. Dios suspendería su determinación universal en el caso de las acciones humanas, a fin de luego poder evaluarlas.

Algunos han secularizado este postulado teológico para preguntarse: ¿Cómo puede el hombre ser libre, puesto que todo en el universo está predeterminado? En primer lugar, no parece que todo esté establecido. Lo que sí está en gran parte concretado, por las leyes físicas, por nuestros genes, por nuestros circuitos neuronales, por nuestra cultura, por nuestras reflexiones previas conscientes y por todos los factores instintivos que desconocemos, aparte de por los estímulos que recibimos del entorno. Incluso ahora sabemos que cierto tipo de actividad instintivo en nuestra corteza pre frontal o córtex,  que es la parte anterior de los lóbulos frontales del cerebro, y se ubica frente a las áreas motora y pre motora. Esta región cerebral está involucrada en la programación de comportamientos cognitivamente complejos, en la expresión de la personalidad, en los procesos de toma de decisiones y en la adecuación del comportamiento social adecuado en cada momento. Precede a nuestra toma consciente de decisiones; cuando pensamos estar tomando una decisión, la decisión ya estaba tomada antes en nuestro cerebro.

Da igual cómo se formen nuestros deseos y lo determinados que estén: mientras nos dejen hacer lo que persigamos, seremos libres. Desde luego, no somos ruletas y si lo fuésemos, no seríamos más libres; actuaríamos como locos y ya estaríamos muertos. Tampoco somos ordenadores, unívocamente determinados. Somos seres complejos, capaces de pensar, de hablar con nosotros mismos para convencernos de hacer lo que consideremos más conveniente, aunque no siempre lo logremos.  Tal vez por eso el resultado de nuestra conducta es una función de muchas variables. Pero, mucho ojo no dejemos de ser nosotros mismos.
JGM

 

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