El Contubernio de Munich visto por una hija de Fernando Baeza Martos

Tenía 10 años y mi hermana Patricia 9, cuando nuestro padre se fué à Munich y no volvió. Mejor dicho, tardó mucho en volver, o por lo menos a nosotras nos pareció muy largo aquel lapso de tiempo.

Ya sabíamos entonces que mi padre era “especial”. Había estado en la cárcel y curiosamente toda la familia estaba orgullosa de ello. Aunque también sabíamos que no se podía hablar de este tema con todo el mundo, con nuestras amigas o con nuestras compañeras de colegio.

               

Pero las historias de la cárcel de nuestro padre se hicieron famosas, las contaba sin parar en las tertulias con sus amigos y todos ellos se reían a carcajadas. Crecimos por lo tanto con la convicción de que ir a la cárcel no era siempre malo, que podía ser incluso divertido y que nuestro padre era una especie de héroe.

También supimos bastante pronto que nuestro país estaba mal gobernado por un señor que se llamaba Franco, que hacía cosas muy injustas. Y que no convenía hablar de ello con extraños. Lo que implica que ya por entonces entendíamos lo que quería decir la palabra “gobierno” o la palabra “justicia”. Y que nuestros padres pertenecían a un grupo de personas que sabían mucho y que eran mucho mejores que Franco y sus partidarios.

Y esta conciencia que teníamos de nuestra diferencia no se debió en ningún caso al adoctrinamiento, si no simplemente al ambiente que se respiraba en casa, a las conversaciones y los comentarios que escuchábamos cotidianamente. Fuimos unas niñas muy pegadas a sus padres que nos llevaban por todas partes y que siempre nos hablaron como si fuésemos adultas.

Total que cuando nuestro padre se marchó a Munich y no volvió, pues no nos pareció anormal. Aunque lo echábamos de menos, claro está. Los amigos de nuestros padres se volcaron con mi madre y nos compraron juguetes en navidades. Nuestra casa estaba siempre llena de gente, muy animada e interesante.

Y comenzó a circular una palabra nueva, extraña, complicada, que no habíamos escuchado antes, la palabra “contubernio”.

Y empezaron a circular también las historias de este contubernio. Cómo nuestro padre había cruzado los Pirineos a pié con su amigo Dionisio Ridruejo (con el que había estado en la cárcel) y otras personas. Cómo mientras todos hacían una pausa en el camino par descansar un poco, él seguía paseando, lo que le valió el mote de “pié” de hierro”…

Y otro concepto nuevo empezó a formarse en nuestras mentes, el concepto de “Europa”. Europa era lo que estaba al norte de España, allí donde todo era diferente y mejor, donde la gente tenía gobernantes justos, donde había “cultura”, donde la gente no iba a la cárcel por pensar diferente. Europa se convirtió entonces para nosotras en una aspiración cuasi mística… Soñábamos con ser mayores y viajar, poder conocer esas ciudades míticas de Paris, Londres, Roma…

Con las únicas amigas con las que podíamos compartir nuestro “secreto” eran las hermanas Satrústegui, Carmen y Paloma, que iban a nuestro colegio. Su padre, que participó también en el contubernio,  fué confinado en una isla, la isla de Fuerteventura.

A la vuelta de Munich mi padre se fue a Paris a visitar a unos amigos y tuvo tiempo de observar como los asistentes al contubernio que volvían a España eran enviados a Fuerteventura o al exilio. O sea que decidió quedarse directamente allí. Y se quedó más de un año.
Mi madre reaccionó muy bien. Ya estaba acostumbrada a las “excentricidades” de mi padre. No puedo decir que se comportara “valerosamente” porque esto hubiese implicado que no sabía cómo afrontar situaciones excepcionales.

Había pasado la guerra en Madrid y conseguido sacar a su madre de las celdas de la FAI a base de atrevimiento y encanto. Y en este caso se plantó tranquilamente en la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol para intentar convencer al Director General de Seguridad de la época de que dejaran volver a mi padre. Aquel señor la trató educadamente, pero le dijo que debía pagar primero una multa bastante cuantiosa. Lo que alargó bastante, por supuesto, la estancia de mi padre en Paris.

En Paris pararon también forzosamente otros participantes en el contubernio, que recibieron ayuda internacional para subsistir de la filial francesa del “Congreso de la Libertad por la Cultura”, en la que estaba, entre otros, Salvador de Madariaga, gran amigo de mis abuelos paternos.
Mi hermana y yo tardamos años en comprender el verdadero alcance del famoso contubernio. Mientras tanto lo vivimos como un mito familiar, y a los participantes amigos de mis padres como pertenecientes a una secta bien particular, una secta de europeistas y de luchadores por la democracia. 

“Democracia”, otra palabra que aprendimos muy pronto de boca de personas extraordinarias (aunque por entonces nos parecían totalmente normales). Qué contar de una infancia y una adolescencia en que personajes como Dionisio Ridruejo, Carlos Brú, Fernando Álvarez de Miranda, Jaime Miralles, Fernando Morán, Valentín Álvarez, Pepín Vidal Beneyto y muchos otros, entraban en nuestra casa como si fuese la suya, y nos daban la oportunidad de escuchar conversaciones apasionantes entre hombres poco comunes.

Porque qué decir de esta fabulosa generación de pensadores, luchadores, activistas profundamente demócratas, que mantuvieron la llama de las luces encendida en una época particularmente oscura de la historia reciente de España. Personas que aparcaron sus diferencias ideológicas para actuar en aras de un futuro decente para sus compatriotas. Personas que protagonizaron más tarde una transición pacífica hacia una España con la que soñaban muchos, desde tiempos inmemoriales.

Algunas de estas personas están hoy aquí, y aunque no he podido asistir a este acto quiero darles las gracias. Gracias por todos los sacrificios que hicisteis para construirnos un Estado democrático, gracias por haber sido idealistas y haber conseguido realizar vuestros ideales, gracias por haber influido tanto en nuestras vidas, gracias por existir.

Valdemorillo, 22-6-2012

LB

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