El Castro de Valdemorillo: Una encrucijada sin precedentes. (Por Enrique Suja)

Últimamente un nuevo enclave antiguo viene a sumarse a los ya conocidos reafirmando la importancia arqueológica de la zona. Se trata de un poblado celtibérico, perteneciente a la Edad del Hierro, antecesor histórico de la ciudad romana de Titultia. Se encuentra situado a corta distancia de dos importantes rutas: La Cañada Real Segoviana, ancestral vía de comunicación, el conocido como camino de Aníbal, ya que fue transitado por este personaje en el 220 antes de Cristo. También es conocido como Vía del Estaño, ya que fue balizada por comerciantes griegos o massaliotas antes del 400 antes de Cristo como alternativa a la ruta marítima del metal lusitano y que será finalmente referencia para la primera división de Hispania en Citerior y Ulterior. Podemos hacer una primera conjetura acerca del particularismo topónimo omnipresente en la zona y que parece indicar el nombre del poblado, el cual, fácilmente transliterado al lenguaje ibérico, vendría a significar el “almacén llano”, precisamente la idea que venimos defendiendo para el enclave romano del río Aulencia: un almacén.

 

El emplazamiento exacto del “oppidum” como lo llamaron los romanos, lo ocultamos en estas páginas por razones obvias. De un lado su existencia ya se encuentra referenciada en la Carta Arqueológica de la CAM y, de otro, el término de Valdemorillo, con un campo tan frecuentado y próximo a Madrid, resulta nefasto para los sensibles restos, máximo cuando este mismo entorno podría ocultarnos alguna otra sorpresa arqueológica.

Al decir del diccionario, “castro”, del latín castrum, “poblado prerromano situado en altura” y de acuerdo con el profesor Almagro-Gorbea, entendemos por castro todo poblado situado en un lugar de fácil defensa reforzado por murallas, muros externos cerrados y accidentes naturales, que defiende en su interior una pluralidad de viviendas de tipo familiar y que controla una unidad elemental de territorio con una organización social jerarquizada, de manera que el castro se configura como el elemento esencial de doblamiento a lo largo de la Edad de Hierro (500-0 a.C.) hasta la aparición de las civitates a finales del siglo III e inicios del siglo II a.C., ya que al vencer y someter a los pueblos indígenas Roma les impone la destrucción de las murallas de sus ciudades y les obliga al asentamiento en núcleos dispersos sin fortificar o establecerse en terreno llano, como es el caso de Valdemorillo.

La lengua latina sustituirá los diferentes dialectos en un proceso imparable de romanización. La Humanitas civilizadora irá sustituyendo a la Ferocia bárbara.

La ganadería constituye la actividad económica fundamental de este pueblo; en su cabaña ganadera destacan los ovicrapinos, con más del 60%, seguido de las vacas y los cerdos, dejando sólo en 7% para los caballos cuya posesión se restringe a las élites aristocráticas. Su actividad agrícola debió de variar de unas regiones a otras, pero disponían de campos de cereales cuya extensión garantizaba el abastecimiento del poblado. Cultivaban cebada y en particular trigo, del que extraían una cerveza llamada “Caelia”; también la bellota formaba parte importante de la dieta alimentaria. Sabemos que hacían pan y otra cerveza llamada “Sitos”. El bosque les proporcionaba caza y madera.

Uno de los aspectos de mayor trascendencia de esta cultura es el importante desarrollo que alcanza la actividad metalúrgica utilizando una sofisticada tecnología en lo que se refiere al trabajo del hierro. Los testimonios literarios destacan en el desarrollo alcanzado en este campo, según Polibio (Suidas 96), “la eficacia de las espadas celtibéricas llevó incluso a su adopción por los romanos a partir de la segunda Guerra Púnica. Similares testimonios encontramos en Filón (Fr. 46), Posidonio (Diod 5.33) y Plinio (324.144).

El estudio de su religión choca con graves inconvenientes ya que la mayor parte de la información que se posee se debe a la epigrafía de la época romana, siempre en alfabeto latino, y las referencias a los rituales funerarios, prácticas sacrificiales, representación de divinidades o mitología está momentáneamente perdida. Sabemos que el jabalí estaba asociado al dios Endovélico, pensamos en Epona como la protectora de los caballos, conocemos a Lug-Lugo, el portador de la lanza argenta. También exiten algunas deidades infernales como Sucellos o el galo Dis Pater, bajo cuya protección se encuentra la élite guerrera ligada por la “devotio” al Máximo Nati del poblado. Las piedras significativas, las fuentes o ese rincón mágico del bosque serán los santuarios donde realizaban sacrificios como medio de propiciar a la divinidad o de augurar el futuro. En general, las ofrendas serán de frutos, flores o pequeños animales como palomas, pero, a veces, realizan hecatombes de toda clase, como los griegos; inmolaban todo por centenares, machos cabrios, vacas, caballos, ciervos, jabalíes y, en circunstancias especiales, también prisioneros a los que cortaban la mano como ofrenda primera.

En un tiempo antiguo el concepto de “Fides”, como importante fundamento jurídico, consigue aglutinar al pueblo celtíbero dando origen a su fortaleza, estando naturalmente implantado entre los habitantes de estas mismas tierras. Un pacto basado en la mutua fidelidad de un hombre hacia otro, un novedoso sistema de garantía reciproca que regula también el cuadro interno de las relaciones sociales.

Desde estas páginas ofrendamos a la antigua diosa de la palabra dada, como hicieron nuestros ancestros, para que sea inexorable en su justicia desterrando In oblivionem odduci a los que han contravenido el voto.

SAMAYA GYA GYA GYA

Enrique Suja

Fotos de Gabriel Muñiz (Diversos enclaves celtas del Sistema Central)

Bibliogafía:

Alonso, Jorge: Traducción de Nuevos Textos Ibéricos. Ed. De autor. Madrid 1998
Lorrio, Alberto J.: Los Celtiberos.
Ruiz, Arturo y Molinos, Manuel: Los Iberos. Grijalbo Mondadori, Crítica, 1995.
Valdeavellano, Luis G. de: Historia de España Antigua y Medieval. Tomo I Alianza, 1998.

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