No es posible cambiar la sociedad fuera de la acción de los partidos (Por Jesús González)

Es necesario que nuestra indignación se transforme en un verdadero compromiso. El cambio precisa esfuerzos. Está muy bien expresar nuestro rechazo a la oligarquía, pero al mismo tiempo hay que proponer una visión ambiciosa de la economía y de la política capaz de trasformar la sociedad. No hay que quedarse en la protesta. Hay que actuar. Tenemos que sentirnos preparados para asumir nuestra acción política, y contribuir a un cambio de rumbo de nuestro entorno social para que sea conforme a nuestra ideología democrática. Sin este ejercicio de utopía, es imposible salir del impasse en el que nos han metido los políticos al uso.

La Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH), nacida para acabar con el intolerable escándalo de los desahucios masivos, logro forzar al gobierno del PP a rectificar su primera decisión. Esto es una demostración de lo que es capaz de conseguir la presión de la calle, con objetivos precisos y una acción inteligente.

El profundo malestar y el descontento de la sociedad española, agravado por los escándalos de corrupción de personas del mundo de la política próximo al poder, lleva a una parte de la ciudadanía a plantearse posiciones extremas. Esta crisis económica, sus causas, sus escándalos y la gestión política de cómo se está llevando, genera en la sociedad un clima propicio a exacerbar miedos y odios que se traducen en posiciones extremas de un descontento generalizado. Hasta ahora esta insatisfacción se ha llevado de manera propia de un país avanzado, pero la frustración larvada puede propiciar en cualquier momento brotes de violencia desestructurada.

Debo partir de la convicción de que el trabajo inteligente, debe fundamentarse en la acción de la participación democrática, en el acuerdo consensuado de  todos los partidos para analizar en profundidad los elementos políticos que generan rechazo en la sociedad y deben ser anulados con actuaciones generosas de los grupos políticos, con acciones democráticas encaminadas a la neutralización de todo aquello que presupone descontento del colectivo social para su neutralización.

Se ha criticado a los Indignados españoles por su incapacidad para traducir su movimiento en una organización eficaz. En cierto modo, esta es su principal debilidad y su grandeza. Un exceso de organización puede ser también un peligro. Los indignados han sido lo suficientemente sensatos como para evitar haberse puesto en manos de un gran líder. Nadie necesita de una organización de estructura piramidal y menos en movimientos espontáneos que surgen desde la indignación de una buena parte de la ciudadanía esencialmente joven. Sobre este particular veo, con moderado optimismo, despertar a una juventud muy preparada, mostrando síntomas de asfixia ante un poder desconocido que les está privando de su interés más inmediato de dignidad como persona.

La sociedad española, en su conjunto, tiene que darse cuenta de la necesidad de la política, sin política no puede haber progreso. Hay muchas maneras de intervenir en la política, de propiciar el debate, de proponer ideas. Como apuntaba el escritor checo Vaclav Havel, “cada uno de nosotros puede cambiar el mundo”.

Los partidos políticos están encerrados en sí mismos, demasiado pendientes de sus debilidades internas. Necesitan una sacudida para situarse dentro de la verdadera demanda de su electorado. Sin embargo y pese a todo, siguen siendo el principal instrumento para la participación política. Pero tampoco hay que dudar a la hora de entrar en un partido político, más vale estar dentro que fuera. El trabajo debe hacerse desde dentro de los partidos si se pretende cambiar algo.

Cada cual debe buscar el partido más acorde con sus reivindicaciones y adherirse él. No hay que engañarse, jamás encontraremos un partido político en el que su ideario sea el cien por cien acorde con el nuestro. Pero así es el juego democrático, pero debemos ser nosotros los que debemos propiciar cauces ideológicos que permitan que se ajuste su pensamiento lo más posible a nuestra manera de entender la sociedad en su conjunto, para insuflar el vigor y la agresividad necesarios dentro de un contexto democrático.

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