Desahucio en Parla.

Hoy es 1 de mayo, día del trabajador y, aunque al otro lado de la ventana, el sol brilla con todo su resplandor, siento que el mío está nublado. Hoy mis labios adoptan un trazo convexo. Hoy me pesan los pasos.  Hoy… se me duermen las palabras…

Y es que hoy, día del trabajador, estoy de resaca, porque a las 5:30 de ayer, 30 de abril, sonó mi despertador, una hora y media antes de su rutina diaria. Sonó antes porque a las 7:00 estaba fijada la hora a la que muchas personas se concentrarían para evitar que una familia compuesta por una madre, que hoy no puede celebrar el día del trabajador porque lleva varios años en paro, y su hija de catorce años, iban a ser obligadas a abandonar su casa y quedarse en la calle. Resulta que la niña es alumna mía. La veo cada día. De vez en cuando la miro a los ojos y le explico el complemento directo y le hablo de la comprensión de textos. Le hablo de comprensión en un mundo incomprensible para ella…

El mundo de las contradicciones, del cielo en el infierno, de la esquizofrenia,  en el que tan solo 1 metro separa un colegio concertado, construido con suelo público regalado, de una colonia de viviendas de alquiler social, cargado de gente que ya ha experimentado la dolorosa experiencia del impago, de los avisos de desahucio,  de sentirse “al otro lado del río”, al borde de la exclusión. El recuerdo constante, mirando a la otra acera, de los que tienen para pagar, de los que tienen viviendas unifamiliares con jardín, mientras ellos se devanan los sesos por encontrar el modo de conseguir los 370 euros de ese alquiler de supuesta “ayuda” más los 100 de comunidad…

Confieso que tengo que tragar saliva cuando la niña, a las 8:15, baja a la calle para ir al instituto y en medio de la multitud y el camión de mudanzas como testigo, se despide de su madre que la besa varias veces la mejilla mientras ella intenta retener las lágrimas que hablan de que, probablemente, la vida acaba de cerrar, de un portazo, la puerta de su infancia.

Los ojos hinchados, desorientada, sin saber si tiene que dirigirse a derecha o izquierda, manteniendo la dignidad, mientras tiene que aceptar la ayuda de quienes, cada día, le dicen que hay que esforzarse por conseguir una formación para “ser alguien” el día de mañana. Mañana…

Ayer realizaba unas pruebas, en las que de forma anónima ella y sus compañeros serán relegados a los últimos puestos de una lista, como otros años, acostumbrándoles a ser los últimos, los olvidados, culpabilizándolos de su falta de ambición y de esfuerzo…
No imagino cuántas horas pueden caber en los cincuenta minutos que contiene cada una de las tres clases a las que asistió antes del recreo. No puedo hacerme a la idea de a qué ritmo debía de bombear su corazón.

A la hora del recreo tres compañeras, una ex alumna del instituto y yo, nos volvemos a acercar. Aproximadamente, quince policías, antidisturbios, furgones de policía… La gente gritaba: personas desesperadas que, como esta madre y su hija, viven en el continuo desasosiego de saber que serán, ellas,  las próximas víctimas.
Gente pidiendo justicia a un cielo que parece estar sordo.

Volvemos al instituto. Pienso en mis dotes de actriz, que no son muchas, porque, en mi siguiente clase, la niña estará frente a mí, sabiendo que yo sé todo lo que está pasando. La clase que tengo preparada para hoy gira en torno al día de la madre. ¡Qué buen tino!
El caos que se produce en clase después del recreo me crea dificultades para encontrarla. No está. La orientadora sube y me dice que la ha visto, que se quedará con ella y que va a intentar prepararla para todo lo que ha sucedido. Aun sabiendo que nadie puede prepararse para ser arrojado abruptamente de su mundo, sin que algo se quiebre. Un abandono más, añadido, a los que ya ha curado.

Entretanto, me olvido del día de la madre y les cuento a sus compañeros lo sucedido. Todos se quedan impactados. Un grupito de alumnas, con lágrimas en los ojos, intenta buscar soluciones y decide hacer una colecta entre alumnos, padres y profesores para sacar algo de dinero para ayudarlas. Catorce años… ¡Qué lección de humanidad! La niña se queda con su amiga toda la tarde para evitar que escuche el punzante ruido de los cristales rotos de su vida. Un engaño más, para aparentar una normalidad, que no es frecuente en su vida.

Son las 14:15. Volvemos a la casa. Ya no hay gente en la calle.

Subimos. La historia de sus vidas se ha instalado en el pasillo: las plantas han perdido su frescura; los sueños, permanecen apoyados en una pared; lo juegos de infancia, cuidadosamente colocados en una caja y, como único adorno, un cardo seco en un gastado jarrón… y el trasiego de policías que entran y salen, que vienen, que van, que preguntan, que nos piden que nos identifiquemos, que miran desde arriba: somos La Colmena, de Cela. Estamos allí abajito, apiñados, como piojos. Somos el esperpento, el lumpeproletariado. Nos pisan porque no nos oyen, no nos ven: somos invisibles. No existimos.

Y sin embargo, ¡Cuánta riqueza tiene quien no tiene nada! El cielo en el infierno. Como la señora de ochenta y tantos, que decía tener 25 y, que como ya era vieja y no tenía nada que perder, tampoco tenía nada que callar. Y, con sus piernecillas frágiles y su garrota al compás, gritaba: ¡Hambre de justicia y dignidad!

El matrimonio rumano, que tras haber vivido hace siete años lo mismo, repetía: “Lo que le hacen a uno, nos lo hacen a todos”. La mujer lloraba en el ascensor y, tras atravesar Madrid, depositaba una bolsa de comida en el pasillo y nos abrazaba considerándonos ya miembros de la comunidad del dolor.  O el señor que, como estaba en el paro, su trabajo era estar ahí, todo el día, de pie, simplemente. Tótem de la compasión humana. Y allí, de pie, no dejaba de pronunciar palabras llenas de sabiduría.

Mi memoria solo retuvo una, que espero que se quede grabada para siempre: “Solo una persona puede ser presidente del gobierno, pero todas podemos ser indigentes”.

Me he dado cuenta de que no sé el nombre de tantas y tantas personas que pisaron ese pasillo: son gentes sin nombre. Por unas horas, revivimos la Arcadia, en la que todos éramos iguales.
Hoy es 1 de mayo, día del trabajador. Ya no hay gente en la calle. Ya no hay nadie en el pasillo, tan solo las plantas moribundas dan cuenta de la agonía. Toda una vida, apretada, en un piso prestado sin agua, luz, ni gas. “Sentí como si me violaran. Todos tiraban mis cosas  unas encima de otras. Yo, que las cuido tanto…”, decía  la madre. Durante un rato, sólo buscábamos un tesoro, imposible de perder ni en esas circunstancias por ser el símbolo de la esperanza: una entrada para un concierto de sus ídolos. Había que encontrarlo, si no, todo estaría perdido. Esa niña no podría agarrarse a una ilusión, después del esfuerzo de todo un año de ahorros…Apareció el sobre con la entrada; al menos, habíamos burlado una vez más  el momento del desgarro.
Hoy pienso en ella, la niña de catorce años, a quien con cada póster que han arrancado de las paredes de su cuarto, le han arrebatado cada flor de la primavera de su vida… y nunca, nunca la podrá recuperar.

El próximo lunes estará ahí sentada, frente a mí y le explicaré el Complemento directo y la comprensión de textos y puede que suspenda y formará parte de las estadísticas que dirán que los chicos de Parla tienen un nivel académico muy bajo y nos plantearemos mil formas de mejorar los resultados, que luego se publicarán en no sé qué sitios, que compararán no sé qué cosas. Entretanto, quizá, para no enfrentarme a mi propia conciencia, dirigiré mi mirada al feo agujero de pladur que adorna la pared de la derecha, por el que se cuelan la esperanza, la comprensión y la dignidad.

Dentro de unos días será el día de la madre. Este año no habrá flores, ni ropa, ni frasquito de colonia. Este año la madre-coraje y su hija lo celebrarán, solas, juntas, solas, al calor de una cerilla prestada, bajo el tenue brillo de las estrellas.

¡Qué solos estamos cuando estamos solos! ¡Qué humanos nos sentimos en comunidad!

Hoy es 1 de mayo… día del trabajador.

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