Y por la carne vino el pecado del arte y la creación… Vino Modesto Roldán.

Sobre él han escrito Aguilera Cerni, Cela, Dino Buzzatti, Xavier Domingo, Arrabal, Umbral, Villán,…

Y ahora me toca a mí, porque modesto pervive en la Historia del Arte con el sobresalto y el acercamiento a lo conocido desde la convulsión de la carne que se hace materia pictórica a través de su pincel.
Su legado nos aproxima a la luz de lo desconocido, a la luz de su creación.

Avanzar por la ruta de lo oculto, de lo prohibido y perturbador puede conducirnos a los límites del conocimiento.

Roldán extrae de su mano toda belleza y todo el temblor del éxtasis y el sexo.

Pura imaginería estos cuerpos, estos desnudos y bodegones que armonizan y hermanan en un soplo común: son la exaltación de la materia del dibujo y la pintura, de la cocina de la pintura, de la técnica depurada al servicio del deseo.

Ingres resucita en su dibujo, Klimt lanza sus ecos desde la sensualidad simbolista artesanal y ornamentada, Dalí vuelve desde el deseo carnal, material, lujurioso y paranoico.

Este fetichista, artífice de cuerpos voluptuosos y materias sensuales y sexuales reinventa en efecto el oficio de la pintura.

Nació en Huelva, pasó el estrecho y arraigó en París, cuan París era una fiesta española en la que bailaban los fugitivos del Régimen. Devoró las noches de Montparnasse. Vivió el desenfreno parisino y colgó cuadros en las mejores galerías europeas.

Estuvo en la celebre orgía organizada en homenaje a Dalí. Por allí andaba el mirón narcisista de Cadaqués, Arrabal, Eduardo Arroyo y toda una legión de ninfas y de sátiros. Yo no estuve allí. Si estuve con él en sus últimas presentaciones públicas, modestas como él.
No hizo fortuna en el recuerdo de la historia del arte. Seguramente no aparecerá en los libros, ni se estudiarán sus obras.

Su legado fue la pasión por el arte, por la vida y la reflexión del artista. Vivió y murió siendo artista, creando y recreando, reviviendo y malmuriendo. Porque toda muerte es olvido.

Pero el olvido está lleno de memoria. Sobre todo para aquellos que tuvimos la suerte de acompañarle en ese nebuloso y espeso instante de su decadencia, iluminada con un destello de admiración desde el reconocimiento de una vida congruente que con su pasión y lucidez se reinventa y hace carnal.

Aguilera Cerni escribe sobre su pintura:
“Roldán se ha propuesto hacer un absurdo razonable. La clasicidad y el humanismo renacentista se alían con los equilibrios mondrianescos. Las superficies rugosas conviven y dialogan con insinuaciones de fetichismo erótico pero la oposición entre la perspectiva y el plano, y el esquema geométrico entre la línea y la materia o entre el esteticismo y la sensualidad,  son tan carnales que nos acercan a la posibilidad de reinventar el fatigado oficio de pintar.”

Su obra es una de la más personales de cuantas se realizan dentro de figuración actual. Está representado en importantes colecciones europeas.  Modesto afirmaba que el hombre es una rama de un árbol sediento que busca la humedad del océano entre los muslos de la hembra. Pregona la sinceridad de lo creado y repite hasta la saciedad que todo lo que no es tradición es plagio. Su única motivación, la única motivación del artista, es el placer de hacer y crear. Solo eso justificaba su existencia.

Le importaba el camino más que la meta. Esa era su fuerza para crear, ese es su deseo, su liturgia onanista, el sexo sagrado que puede ser guardado incorrupto en una santa hornacina, su motor de vida y muerte, su religión, su dios (que es diosa), su búsqueda, su fantasma y su alteridad.

La muerte, el deseo, el sexo, sus signos y simbologías, son temas que unen a Modesto con Freud, a Picasso y a Dalí en sus respectivas reflexiones y manifestaciones. Mundo interior  y mundo exterior. Pasiones y deseos oscuros, latentes y atávicos, fuente de manifestaciones y objetos exteriores que nos conducen a la intimidad de la visión del artista a través de la ventana del cuadro que muchas veces se hace signo manifiesto en él mismo. Metáforas que nos producen una sensación inquietante que no hace sino enmarcar la unión de conceptos contrarios, complementarios, que habitan en el propio interior del ser humano y de la Naturaleza que ama de a ocultarse como decía Heráclito.

Su objetivo: lograr representar el impulso inicial dionisíaco de la creación artística  a  través de unas formas inteligibles y apolíneas.
Dionisíaco vitalismo con el que interpreta Roldán su propia vida y experiencia creadora sin renunciar a las formas tradicionales de la reproducción.

Termino con algunas de sus últimas reflexiones que compartimos y debatimos:

“A pesar de lo aparente, la muerte no existe, que todo es transformación y que por razones de una claridad absoluta nunca la encontraremos. Que cuando existimos ella no existe y que cuando ella es, nosotros ya no somos. Me lo dijo mi amigo Epicuro, un emigrante griego que vende pinchos morunos en un chiringuito”.

Lo cierto es que la unión entre lo dionisíaco como fuerza creadora y lo apolíneo como forma hacedora está servida para siempre en su vida y su obra. Sus gestos aún retumban en nuestro recuerdo. Sus ecos convulsionan nuestros sentidos. Y el tiempo se detiene. Por la muerte es eterna. Porque la vida es efímera.

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